Por: Alfonso Segovia
En Davos también se habló —y mucho— de Gaza. Pero no de sus muertos, ni de sus desplazados, ni de la devastación cotidiana que aún persiste pese al alto el fuego. Se habló, en cambio, de negocios. Estados Unidos presentó en el foro económico un delirante plan de “reconstrucción” para el enclave palestino: un proyecto urbanístico plagado de rascacielos, resorts de lujo, centros de datos y trenes de alta velocidad, concebido para levantarse sobre un territorio arrasado tras más de dos años de bombardeos israelíes.
El plan fue detallado por Jared Kushner, yerno de Donald Trump, quien sin pudor alguno propuso borrar la identidad, la cultura y la historia gazatí para sustituirlas por una “Nueva Gaza”, una especie de Dubái mediterráneo. “La Nueva Gaza puede ser un hub, puede ser un destino con mucha industria”, afirmó Kushner mientras proyectaba imágenes del faraónico proyecto. Todo esto mientras, en el terreno real, cerca de dos millones de palestinos continúan enfrentando hambre, frío, violencia y una precariedad extrema que no ha cesado, ni siquiera tras el anuncio del alto el fuego.

La presentación no fue un hecho aislado. Coincidió con el lanzamiento de la llamada “Junta de Paz”, impulsada por Donald Trump con el supuesto objetivo de consolidar la tregua en Gaza. Sin embargo, el propio Trump ya ha dejado claro que pretende ampliar este mecanismo a otros conflictos, como si la paz pudiera administrarse desde un consejo selecto de aliados. A su inauguración acudieron menos de veinte países, entre ellos varias monarquías del Golfo y algunas naciones de Asia y Sudamérica. Europa, de manera significativa, brilló por su ausencia.
El proyecto estrella de esta visión es el llamado Plan Sunrise. Un PowerPoint de 32 diapositivas presentado en Davos como si se tratara de una startup prometedora, no de una región devastada por la guerra. El plan contempla una inversión de 112 mil millones de dólares y un plazo de 20 años para transformar la Franja de Gaza en una “ciudad inteligente” a orillas del Mediterráneo: resorts de lujo, infraestructura tecnológica avanzada, redes eléctricas con inteligencia artificial y una nueva capital administrativa que simbolice prosperidad y gobernanza moderna. Jared Kushner y Steve Witkoff lo vendieron como un escaparate de futuro, ignorando que ese futuro se construye sobre ruinas humanas.
Y aquí surge la pregunta verdaderamente incómoda: ¿cuántas vidas humanas son necesarias para que algo nos parezca aberrante?
Al parecer, 71 654 muertes no son suficientes. No para Kushner ni para su suegro Donald Trump. Mucho menos para Benjamin Netanyahu y las autoridades israelíes, que pese al alto el fuego continúan con ataques en el enclave. Tampoco para Hamás, que sigue alimentando una espiral de violencia que siempre termina pagando la población civil.
Lo que ocurre con Gaza es alarmante desde el más elemental sentido humano. La semana pasada reflexionábamos en esta columna sobre el expansionismo de Trump en América y Groenlandia. ¿Acaso esto no lo es también? Gobiernos y élites económicas planean complejos de lujo y vitrinas tecnológicas sobre una tierra que está siendo arrebatada, masacrada e inhumanizada. Como si décadas de violencia contra el pueblo palestino no importaran. Como si la solución al conflicto fuera eliminar al pobre, al incómodo, para apropiarse de su territorio y rediseñarlo a imagen y conveniencia de los más ricos y poderosos del planeta.
La llamada “Nueva Gaza” no es un proyecto de paz ni de reconstrucción: es un plan funerario con fachada de modernidad. Es el intento de convertir una masacre en oportunidad inmobiliaria, el sufrimiento en render digital, los cadáveres en terreno disponible. Cuando la sangre aún no se seca y los sobrevivientes siguen contando a sus muertos, hablar de resorts y ciudades inteligentes no es ingenuidad ni optimismo: es obscenidad moral. Y la historia, tarde o temprano, siempre pasa factura a quienes creyeron que podían edificar el futuro sobre la negación absoluta de la dignidad humana.