Por: Alfonso Segovia
Donald Trump ha vuelto a demostrar que su manera de entender el poder no conoce matices ni límites diplomáticos. Su política exterior se mueve con la lógica del más fuerte, del que presiona, amenaza y avanza hasta donde le permitan —o hasta donde no logren detenerlo.
En los últimos años, Trump ha utilizado un argumento recurrente para justificar sus movimientos internacionales: la “seguridad nacional”. Bajo esa bandera ha avalado operaciones polémicas, sanciones unilaterales y presiones económicas que, en la práctica, han tensado el derecho internacional y las relaciones entre aliados.
El caso de Venezuela es ilustrativo. La persecución judicial y política contra el gobierno de Nicolás Maduro fue presentada durante años como una cruzada contra el crimen organizado y el narcotráfico. Sin embargo, más allá de la narrativa oficial, lo que quedó claro fue el interés estratégico de Estados Unidos en una región rica en recursos naturales y con un enorme peso geopolítico en Sudamérica. Para Trump, la legalidad internacional parece ser un obstáculo menor cuando se cruza con sus ambiciones.
Hoy, esa misma lógica reaparece en el Ártico, con Groenlandia como nuevo objeto de deseo. Trump ha insistido, una vez más, en que Estados Unidos necesita tener control sobre la isla por razones de seguridad, para evitar —según su discurso— la expansión de la influencia rusa y china en la región. Dinamarca y diversos expertos han rechazado de forma contundente esa versión, señalando que no existe una amenaza inmediata que justifique semejante pretensión.
Entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué hay realmente detrás del interés de Trump por Groenlandia? La respuesta parece encontrarse bajo el hielo. El deshielo progresivo ha puesto en el radar internacional la posibilidad de enormes reservas de petróleo, gas y las llamadas tierras raras, recursos clave para la industria tecnológica y militar, además de una ubicación estratégica invaluable a nivel geopolítico.
Fiel a su estilo, Trump ha acompañado este interés con amenazas económicas, insinuando la imposición de aranceles de hasta 25 % a países europeos si no ceden en temas de defensa o presencia militar estadounidense. Aunque ha descartado —por ahora— una intervención armada, su discurso ha dejado claro que la diplomacia tradicional no es su prioridad. La presión, el chantaje y la fuerza económica son sus herramientas predilectas.
Desde luego, cualquier intento de apropiación de Groenlandia violaría principios básicos del derecho internacional. La isla es un territorio autónomo cuya soberanía y futuro no pueden decidirse desde Washington. Tanto Dinamarca como el propio pueblo groenlandés han rechazado de forma categórica las aspiraciones de Trump. Pero si algo ha demostrado el presidente estadounidense es que el derecho internacional rara vez figura entre sus preocupaciones.
Y mientras estos movimientos sacuden el tablero global, en nuestro México la conversación baja al terreno cotidiano. En redes sociales y charlas de café aparece una pregunta que mezcla ironía con inquietud: “¿y si un día nos toca a nosotros?” La polarización interna nos distrae, pero convendría recordar que México es mucho más que nuestras divisiones partidistas y que la soberanía no debería ser rehén de simpatías políticas.
Al final, la pregunta que queda en el aire es simple y, a la vez, inquietante:
¿existe algún límite capaz de frenar el hambre voraz de expansionismo de Donald Trump?
Quiero creer que sí. Pero la historia reciente invita, cuando menos, a dudar.