Por Alfonso Segovia
“América para los americanos”. Una frase que hemos escuchado hasta el cansancio y que suele presentarse casi como una declaración de hermandad continental, como si James Monroe hubiera tenido en mente una América unida, soberana y libre de cualquier potencia extranjera. Pero no.
Primero habría que recordar algo bastante elemental: cuando Monroe pronunció su famoso mensaje ante el Congreso estadounidense, el 2 de diciembre de 1823, no estaba hablando de una América donde todos los países fueran iguales y mucho menos de una especie de comunidad continental donde Washington fuera simplemente un vecino más. La llamada Doctrina Monroe advertía a las potencias europeas que Estados Unidos consideraría cualquier intento de nueva colonización o de intervención política en el hemisferio como una amenaza a sus propios intereses. El gobierno estadounidense estaba delimitando, desde entonces, una esfera de influencia en el continente.
Y ahí está la primera ironía de todo esto: “América para los americanos” terminó significando, en la práctica histórica, una América en la que Estados Unidos se reservaba un lugar muy particular para decidir qué ocurría dentro de ella.
La doctrina no nació como una orden para que Washington gobernara América Latina. Eso sería simplificar demasiado la historia. Pero con el paso del tiempo se convirtió en uno de los pilares de la política exterior estadounidense hacia el hemisferio y fue reinterpretada para justificar una presencia cada vez más activa de Estados Unidos en los asuntos de sus vecinos. El propio Archivo Nacional estadounidense reconoce cómo, décadas después, el llamado Corolario Roosevelt convirtió aquella doctrina de no colonización europea en una justificación para que Estados Unidos interviniera directamente en países del hemisferio.
Y eso es precisamente lo que me interesa.
Porque doscientos años después, uno puede cambiarle el nombre a las cosas, puede hablar de seguridad hemisférica, cooperación, lucha contra el crimen organizado, democracia, libertad, inversión o defensa de los intereses comunes. Pero cuando una potencia vuelve a asumir que tiene un interés especial —y por lo tanto una responsabilidad especial— sobre todo un continente, la pregunta inevitable es: ¿qué tanto ha cambiado realmente la lógica?
Y aquí es donde la historia comienza a parecerse demasiado al presente.
Después de la guerra entre México y Estados Unidos de 1846-1848, que terminó con el Tratado de Guadalupe Hidalgo y la pérdida por parte de México de enormes extensiones territoriales, existió incluso en Estados Unidos un movimiento conocido como “All Mexico”, partidario de incorporar todo México a la Unión. La idea no prosperó, entre otras razones, por las enormes disputas internas que provocaba la expansión de la esclavitud y por la dificultad política de incorporar un territorio y una población de semejante magnitud.
¿Y por qué recordar esto?
Porque cuando hablamos de expansionismo estadounidense como si fuera una cosa del siglo XIX, estamos olvidando que la historia de Estados Unidos también está llena de momentos en los que la seguridad, los intereses económicos, la estabilidad regional o la defensa de la libertad sirvieron como argumentos para ampliar su margen de acción.
Y hoy estamos viendo nuevamente un discurso de expansión de influencia que, aunque no sea idéntico al del siglo XIX, vuelve a colocar a Washington en el centro de las decisiones hemisféricas.
Ahí está Venezuela.
Ahí está Groenlandia.
Ahí está Colombia.
Ahí está Argentina.
Y ahí está el llamado Escudo de las Américas, una iniciativa de cooperación en materia de seguridad impulsada por Estados Unidos y que durante 2026 ha incorporado a diversos gobiernos latinoamericanos y caribeños. Perú se sumó en septiembre y Chile anunció también su adhesión, mientras Colombia se ha convertido en uno de los principales escenarios de esta nueva cooperación.
Por supuesto, sobre el papel todo suena maravilloso: combatir al crimen organizado, coordinar esfuerzos contra el narcotráfico, fortalecer la seguridad de las fronteras y proteger al hemisferio de amenazas transnacionales.
¿Quién podría estar en contra de eso?
El problema no es que los países cooperen. El problema empieza cuando la cooperación se convierte en dependencia, cuando la seguridad termina sirviendo como puerta de entrada para intereses estratégicos y cuando algunos gobiernos latinoamericanos parecen estar demasiado cómodos entregando a Washington un papel cada vez más grande en la definición de lo que ocurre en nuestro propio continente.
Y Colombia es un ejemplo particularmente interesante.
En septiembre, el presidente colombiano Abelardo De La Espriella recibió al secretario de Estado estadounidense Marco Rubio en Barranquilla y ambos gobiernos presentaron los llamados Acuerdos de Barranquilla, con tres grandes objetivos: reconstruir el país, recuperar la economía y “blindar el hemisferio”. El propio gobierno colombiano planteó cooperación estadounidense en inversión, financiación, energía, infraestructura, tecnología y seguridad. Y el presidente colombiano fue todavía más explícito al describir qué puede aportar Colombia: posición geográfica, recursos estratégicos, capacidad productiva, talento humano y una fuerza pública experimentada.
Entonces pregunto yo:
¿Qué pone Colombia y qué pone Estados Unidos?
Porque cuando uno escucha “asociación estratégica”, la palabra asociación puede sonar muy bonita. Pero una asociación entre dos países no deja de tener una relación de poder cuando uno de ellos es una superpotencia económica y militar y el otro necesita inversión, financiamiento, seguridad y respaldo internacional.
No digo que Colombia no tenga derecho a buscar cooperación con Estados Unidos. Por supuesto que lo tiene. Lo que pregunto es otra cosa: ¿hasta dónde llega la cooperación y en qué momento comienza la subordinación?
Porque esa frontera, aunque se encuentre escondida entre memorandos, discursos diplomáticos y fotografías oficiales, sigue existiendo.
Y mientras Colombia firma acuerdos para “blindar el hemisferio”, Argentina parece haber decidido que no basta con ser aliado de Washington: hay que demostrarlo con entusiasmo.
Javier Milei ha convertido su cercanía con Donald Trump en una de las imágenes más reconocibles de su política exterior. Y uno puede discutir sus razones, sus resultados y sus decisiones, pero hay algo que resulta evidente: la relación entre ambos gobiernos tiene un componente político y personal que difícilmente puede ignorarse.
A veces uno mira las fotografías y pareciera que más que una relación entre dos Estados estamos viendo a un alumno esperando la aprobación del director.
Y sí, ya sé que alguien me dirá que eso es diplomacia.
Perfecto.
Entonces llamémosle diplomacia.
Pero no dejemos de preguntar cuánto cuesta esa diplomacia y qué intereses están detrás de ella.
Porque mientras algunos gobiernos latinoamericanos buscan el abrazo de Washington, Brasil se prepara para una elección que también tendrá consecuencias para el rumbo político del continente. Lula da Silva y Flávio Bolsonaro se enfrentan en una elección presidencial cuyo primer turno está previsto para el 4 de octubre y una eventual segunda vuelta para el 25. Las mediciones publicadas en septiembre muestran una contienda estrecha, por lo que cualquier conclusión sobre el resultado sería prematura.
Y Brasil importa. Importa muchísimo.
No solamente por su tamaño, su economía o su peso internacional, sino porque lo que ocurra en Brasil tendrá necesariamente una repercusión sobre el equilibrio político de América Latina y sobre la relación que la región mantenga con Washington.
Y entonces llegamos a México.
Aquí la historia se vuelve todavía más incómoda.
El 8 de julio de 2020, Andrés Manuel López Obrador estuvo frente a Donald Trump y pronunció una frase que, independientemente de la opinión que cada quien tenga sobre López Obrador, merece ser recordada. Dijo que Trump, en lugar de seguir la Doctrina Monroe, había seguido el consejo de George Washington de que las naciones no debían aprovecharse del infortunio de otros pueblos. También sostuvo que durante su relación con Trump México había recibido respeto a su soberanía.
Cuatro años después, esa frase puede leerse de muchas maneras. Pero hay una parte que me interesa especialmente: la soberanía.
Porque México ha vivido demasiadas veces las consecuencias de permitir que los intereses extranjeros pesen demasiado en nuestras decisiones.
Y no hablo únicamente de Estados Unidos. Hablemos también de nuestra propia historia.
Hubo mexicanos que, en el siglo XIX, viajaron a Europa para buscar un monarca extranjero que viniera a gobernar México. El resultado fue el Segundo Imperio Mexicano y la llegada de Maximiliano de Habsburgo. La intervención francesa convirtió aquel proyecto en una guerra y terminó con el fusilamiento de Maximiliano en 1867. Incluso la propia historia estadounidense registra cómo la presión diplomática y militar de Washington terminó respaldando a Benito Juárez frente al imperio impuesto por Francia.
Y aquí es donde la historia deja de ser una clase de secundaria y se convierte en una pregunta incómoda para el México de hoy.
¿Qué diferencia existe entre aquellos mexicanos que fueron a Europa a ofrecerle una corona a un extranjero y quienes hoy buscan en Washington una “solución” para los problemas políticos de México?
No estoy diciendo que ambas situaciones sean idénticas.
Estoy preguntando qué hay detrás de una misma tentación: cuando no podemos resolver nuestros conflictos internos, ¿por qué algunos mexicanos sienten la necesidad de buscar afuera al salvador?
La pregunta no es nueva. Tampoco lo es la tentación.
Y por eso resulta tan preocupante escuchar a personajes de la política mexicana pedir, insinuar o celebrar una mayor intervención estadounidense en los asuntos de nuestro país.
No voy a poner nombres. No hace falta. Todos sabemos de quiénes estamos hablando y dónde han estado.
Algunos incluso han cruzado el Atlántico o han buscado interlocutores extranjeros para pedir que desde fuera se intervenga en lo que nosotros no hemos sabido —o no hemos querido— resolver dentro de México.
Y ahí sí tengo una pregunta que me parece inevitable:
¿Qué están ofreciendo?
Porque si alguien toca la puerta de una potencia extranjera para pedirle que intervenga en su país, sería interesante saber qué espera recibir a cambio y, sobre todo, qué está dispuesto a entregar.
¿Influencia? ¿Recursos? ¿Seguridad? ¿Información? ¿Decisiones? ¿Soberanía?
No me interesa saber si quien lo hace pertenece a la izquierda, a la derecha, al centro o a cualquier otra etiqueta política. La soberanía no debería ser una bandera que se ondea únicamente cuando conviene.
Y tampoco creo que amar a México signifique pensar que nuestro país no necesita ayuda externa. Claro que necesitamos cooperación internacional. Claro que necesitamos inversión, comercio, tecnología y acuerdos de seguridad. México no vive aislado del mundo y sería absurdo pretender lo contrario.
Pero una cosa es cooperar con el mundo y otra muy diferente es pedirle al mundo que venga a intervenir en México.
Ahí está la diferencia.
Porque si la Doctrina Monroe nació bajo la idea de que las potencias europeas no debían decidir el destino del continente, la gran pregunta del siglo XXI es qué sucede cuando somos nosotros mismos quienes invitamos a otra potencia a decidirlo.
Y eso me lleva de nuevo al principio.
“América para los americanos”.
La frase puede sonar hermosa si se escucha rápido. Pero la historia obliga a preguntarnos quiénes son esos “americanos” y quién cree tener derecho a hablar en nombre de todos ellos.
Porque Monroe murió hace más de un siglo. La doctrina que lleva su nombre sobrevivió mucho más tiempo y fue reinterpretada una y otra vez para responder a los intereses de Estados Unidos en el hemisferio. El propio registro histórico estadounidense muestra cómo pasó de una advertencia contra la colonización europea a convertirse también en una herramienta para justificar intervenciones estadounidenses en América Latina.
Por eso digo que la Doctrina Monroe está más viva que nunca.
No porque Estados Unidos haya salido formalmente a decir que América Latina le pertenece.
Sino porque seguimos viendo una región en la que Washington vuelve a ocupar el centro de la conversación sobre seguridad, crimen organizado, energía, migración, inversión y estabilidad política; y porque también seguimos viendo gobiernos latinoamericanos dispuestos a acercarse cada vez más a Estados Unidos a cambio de cooperación, recursos, respaldo y protección.
El problema no es que Estados Unidos defienda sus intereses. Eso sería ingenuo. Todas las potencias defienden los suyos.
El problema es que América Latina vuelva a olvidar que también tiene intereses propios.
Y México, particularmente México, debería tenerlo muy claro. Porque nosotros ya tuvimos un imperio impuesto desde Europa.
Ya perdimos territorio. Ya tuvimos invasiones. Ya tuvimos gobiernos extranjeros decidiendo quién debía gobernarnos.
Ya tuvimos demasiados momentos en los que nuestra soberanía dependió de lo que otros países decidieran hacer con nosotros.
No necesitamos repetir la historia para demostrar que la conocemos.
Así que sí, quizá Monroe estaría bastante satisfecho viendo cómo vuelve a crecer la influencia estadounidense sobre América Latina bajo el lenguaje de la seguridad, la libertad, la cooperación y la defensa del hemisferio.
Quizá también estaría satisfecho viendo a algunos gobiernos latinoamericanos competir por un lugar en la fotografía.
Pero yo no quiero eso para México.
No quiero que nuestra soberanía dependa de quién ocupe la Casa Blanca.
No quiero que un político mexicano tenga que cruzar una frontera para pedirle a un extranjero que arregle lo que nosotros no pudimos arreglar.
No quiero otra intervención.
Y tampoco quiero que dentro de cien años un historiador tenga que escribir que los mexicanos del siglo XXI fueron quienes, voluntariamente, abrieron la puerta que durante generaciones juraron mantener cerrada.
Porque si de verdad queremos que América sea para los americanos, entonces empecemos por recordar algo que parece demasiado obvio y que, sin embargo, seguimos olvidando: