En redes sociales, especialmente TikTok, se viralizó un video que expone a un hombre que se hace pasar por repartidor de Domino’s Pizza en México. Vestido con chaleco y casco con el logo de la empresa, ofrece pizzas a bajo costo —una por $100 o dos por $190— argumentando que son “sobrantes” de pedidos. Sin embargo, al abrirlas, los compradores descubren que no son de la marca, sino pizzas caseras de baja calidad.
EL SIMULACRO COMO ECONOMÍA EMOCIONAL
El falso repartidor no solo vende pizzas: vende una ilusión. Su vestimenta, la moto rotulada, el discurso de “sobrantes” activan una narrativa de informalidad confiable. El engaño funciona porque se inscribe en una economía emocional: la gente quiere creer que está accediendo a una oportunidad, no a una estafa.
LA VIRALIZACIÓN COMO RITUAL DE ADVERTENCIA
El video se convierte en dispositivo colectivo. Al compartirse masivamente, no solo denuncia: ritualiza el aprendizaje. Frases como “Todos hemos caído” o “Ese truco ya es viejísimo” activan una memoria urbana compartida. La estafa se convierte en experiencia común, casi iniciática.
@jack.1a1 me dieron pan en lugar de la pizza #foryoupage #foodtiktok #tiktokusa #fypシ #viral_video ♬ sonido original – Jack!
Domino’s no aparece directamente, pero su logo, su reputación y su estética son instrumentalizados como garantía. El caso revela cómo las marcas funcionan como dispositivos de confianza en el espacio público, y cómo su apropiación simbólica puede generar simulacros eficaces.
LA CALLE COMO ESCENARIO
La venta ocurre en la vía pública, en interacción directa. Este espacio —la banqueta, la moto, el diálogo casual— se convierte en escenario de afecto urbano: donde se cruzan la necesidad, la confianza y la vulnerabilidad.