El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque coordinado contra Irán. Washington y Tel Aviv sostuvieron que el objetivo era golpear instalaciones militares y nucleares, frenar el programa atómico iraní y abrir la puerta a un cambio de régimen. En esa ofensiva murió el ayatolá Alí Jamenei y desde entonces la región entró en una espiral de represalias que ya dejó muertos civiles, militares y una crisis energética global en marcha.
Esa es la versión oficial: seguridad, prevención, estabilidad, libertad para el pueblo iraní. La vieja receta. La misma envoltura moral con la que Estados Unidos ha justificado durante décadas guerras, invasiones, operaciones encubiertas y aventuras militares que casi siempre dejan el mismo saldo: más caos, más muertos y más poder concentrado en Washington. Reuters reportó que Trump presentó la ofensiva como una forma de eliminar una amenaza para EE.UU. y darle a Irán la oportunidad de derribar a sus gobernantes.
Pero detrás de esa explicación hay otra pregunta, más incómoda y más política: ¿por qué ahora?
Porque Donald Trump atraviesa uno de los momentos más tóxicos de su presidencia. No solo por la guerra, sino por algo que venía erosionándolo desde dentro: el caso Epstein. El Departamento de Justicia publicó 3.5 millones de páginas en enero bajo la ley de transparencia sobre Epstein, y días después tuvo que liberar además entrevistas del FBI de 2019 que habían quedado fuera por un “error de codificación”, entre ellas material relacionado con acusaciones contra Trump. La Casa Blanca negó esas acusaciones y dijo que eran infundadas, pero el daño político ya estaba hecho: el tema volvió al centro del debate nacional.
A eso se sumó otro dato que políticamente huele mal: la Cámara de Representantes citó a la fiscal general Pam Bondi para que explique el manejo de esos archivos, en medio de señalamientos bipartidistas sobre omisiones, redacciones y documentos faltantes. No estamos hablando de una pataleta de redes ni de una teoría marginal; estamos hablando de una crisis institucional real alrededor de cómo el poder en Washington administró información explosiva sobre Epstein y su círculo.
Y entonces, casi de inmediato, llegó la guerra.
No hay prueba concluyente de que Trump haya atacado Irán para sepultar mediáticamente el caso Epstein. Decirlo como certeza sería irresponsable. Pero tampoco sería serio ignorar la secuencia política: escándalo interno, presión legislativa, preguntas incómodas, caída de credibilidad, y de pronto una guerra de dimensiones históricas que se come todos los titulares del planeta.
Porque esa es otra verdad brutal del poder: una guerra siempre reordena la conversación pública.
De un día para otro, ya no se habla de documentos, vuelos, entrevistas del FBI ni vínculos comprometedores. Se habla de misiles, de bases militares, de petróleo, de Irán, de Israel, del estrecho de Ormuz y del riesgo de una conflagración regional. El expediente incómodo no desaparece, pero queda enterrado bajo escombros mucho más grandes. Así funciona la propaganda de Estado: no necesariamente niega, a veces simplemente ahoga.
Trump, además, ha mostrado una ansiedad visible por cerrar la conversación sobre Epstein. Ya en 2025 había atacado a sus propios simpatizantes por insistir en el tema y descalificó las preguntas como una “farsa” o un asunto del que “nadie debería seguir hablando”. Hoy, con nuevos documentos y nueva presión política, esa incomodidad regresó justo antes de que Medio Oriente volviera a incendiarse.
La pregunta entonces no es si Trump sería capaz de aprovechar una guerra para distraer a la opinión pública. La historia de Estados Unidos responde sola: lo ha hecho antes, una y otra vez, con distintos presidentes, distintos pretextos y los mismos resultados. La pregunta más dura es otra: ¿qué tan grave debe ser lo que teme políticamente para que una guerra le resulte útil?
Porque si algo revela este momento no es solo la ferocidad de Trump, sino la obscenidad del cálculo. Cuando el poder se siente acorralado, busca algo más grande que el escándalo. Algo que tape el ruido. Algo que reorganice lealtades. Algo que permita volver a posar como comandante y no como señalado.
Y una guerra sirve para eso.
Sirve para envolver la crisis en bandera. Sirve para disfrazar fragilidad de firmeza. Sirve para que los medios hablen de estrategia militar mientras el expediente incómodo se enfría en una oficina, en una comisión, en una audiencia que ya no abre noticieros.
Tal vez nunca podamos probar que esta guerra empezó para tapar a Epstein. Pero tampoco hace falta ser ingenuos para entender cómo opera el poder cuando se sabe sucio, debilitado y expuesto. La coincidencia, en política, rara vez es inocente.
Así que la pregunta no es solo qué busca Trump en Irán. La pregunta es qué estaba intentando dejar atrás en Washington.
Porque cuando un presidente necesita que el mundo entero mire hacia las bombas, casi siempre es porque no quiere que sigan mirando sus archivos.