¿Por qué la gente defiende políticos aunque se equivoquen?

Por: Rodolfo Gómez

Hay un fenómeno que se repite en Puebla, en México y en prácticamente cualquier democracia contemporánea: un político se equivoca, se contradice, se exhibe… y aun así, su base lo defiende con una fuerza casi inquebrantable. Lo sorprendente no es que lo defiendan, sino la forma en que lo hacen: con argumentos que se muerden la cola, con ataques a quien critica, con “y los otros también”, con teorías conspirativas o incluso justificando lo injustificable.

Esto obliga a hacerse una pregunta que incomoda: ¿por qué alguien defiende a un político como si defendiera a su familia?

La respuesta no está del todo en la información, ni siquiera en el nivel educativo. La respuesta está en un terreno que muchos analistas siguen subestimando: la política ya no opera sólo como debate racional, sino como identidad.

Hoy, para mucha gente, apoyar a un político no es simplemente una preferencia electoral. Es pertenecer. Es tomar postura. Es tener un “bando”. Y cuando eso ocurre, criticar al político deja de sentirse como crítica política: se percibe como ataque personal.

Aceptar que “mi político” falló no es un ejercicio sencillo. De hecho, para muchas personas es doloroso. Implica reconocer que se creyó una narrativa, que se defendió un discurso, que se invirtió emoción y esperanza… y que tal vez se hizo el ridículo frente a otros.

En psicología social esto tiene nombre: disonancia cognitiva. Cuando la realidad se estrella contra nuestras creencias, no siempre corregimos nuestras creencias. Muchas veces hacemos lo contrario: intentamos torcer la realidad para que encaje con lo que queremos creer. No es que no vean el error; es que les duele aceptarlo.

En ese contexto, la política deja de ser una conversación pública y se convierte en un sistema de lealtades. Y ahí la verdad empieza a valer menos que la tribu.

Hoy el ciudadano promedio ya no se comporta como un “votante” que analiza propuestas, sino como un miembro de comunidad política que protege símbolos. Por eso muchos debates actuales ya no tratan de presupuestos, de salud o de seguridad. Tratan de pertenencia: nosotros contra ellos, los buenos contra los malos, el pueblo contra los conservadores, los de abajo contra los de arriba.

Y cuando la discusión está diseñada así, lo que se evalúa no es si el político gobierna bien, sino si representa bien. Y entonces ocurre algo grave: el error ya no se castiga, se justifica. Porque castigar al líder sería darle la razón al enemigo. Sería romper con el grupo. Sería quedarse solo.

A este fenómeno se suma otro elemento igual de poderoso: el sesgo de confirmación. Las personas buscamos información que confirme lo que ya creemos y rechazamos lo que lo contradice. Antes esto pasaba en la mesa familiar o en el café. Hoy, con redes sociales, se volvió una fábrica. El algoritmo detecta qué defiendes, qué odias, qué te indigna… y te da más de eso. Te encierra en un ecosistema donde tu político no se equivoca, donde cualquier escándalo es “montaje” y donde todo señalamiento es “guerra sucia”.

Así se construyen realidades paralelas: para unos un video es evidencia, para otros es mentira. No están interpretando el mismo hecho; están defendiendo mundos distintos.

Pero hay una capa todavía más profunda, especialmente en países como el nuestro. En contextos de crisis, desigualdad, violencia y desconfianza institucional, la ciudadanía se cansa de la complejidad. La democracia es lenta, frustrante, burocrática. Y cuando la democracia decepciona, aparece una tentación peligrosa: la búsqueda del salvador. Una figura que lo simplifique todo, que encarne el bien, que tenga respuestas, que “ponga orden”.

En ese momento, el político deja de ser un funcionario que debe rendir cuentas y se convierte en una figura moral. Y cuando el líder se vuelve moral, ya no se discute. Se cree. Quien critica ya no es un ciudadano exigente; se vuelve traidor. Quien cuestiona ya no es adversario; es enemigo.

En Puebla, esta dinámica se intensifica todavía más por el peso de lo local: aquí muchos liderazgos no se construyen por ideología sino por cercanía, por presencia en territorio, por “él sí ayuda”, “ella sí regresa”, “ellos sí nos voltean a ver”. Y en lo social eso pesa muchísimo. Ese vínculo convierte el apoyo en gratitud, y la gratitud suele ser más fuerte que la evaluación crítica.

Aunque existan errores, mientras el político mantenga el símbolo de “estar del lado correcto”, su base lo protegerá con uñas y dientes.

Por eso hay que decirlo sin rodeos: muchas personas no defienden políticos. Defienden la esperanza que colocaron sobre ellos. Defienden una historia personal de dignidad, de revancha social, de pertenencia, de futuro. Y cuando alguien ataca a ese político, en realidad están sintiendo que les atacan su relato. Y en un país donde todo es incertidumbre, el relato es lo único estable que muchos sienten que tienen.

La pregunta final no es por qué defienden tanto. La pregunta verdadera es otra: ¿por qué llegamos al punto de necesitar defender a un político como si fuera una fe?

Porque quizá ahí está el síntoma más serio: la crisis no es sólo de partidos o de gobiernos. Es de ciudadanía. Y mientras la política siga funcionando como religión, el debate democrático seguirá siendo guerra, no deliberación.