Mundial 2026: «No perdimos, nos amenazaron»

El Mundial por fin terminó. Tras poco más de un centenar de partidos, algunos memorables, otros completamente olvidables, unos llenos de polémica y otros que pasaron sin pena ni gloria, España terminó levantando la Copa del Mundo. Y antes de continuar, creo que hay que decirlo con toda claridad: fue un justo campeón. Podrán existir debates sobre planteamientos, estilos o decisiones arbitrales durante el torneo, pero la selección española fue la que mejor futbol practicó y terminó imponiéndose donde realmente importa: en la cancha.

Pero no quiero hablar de fútbol.

Quiero hablar del fenómeno social que nos deja este Mundial y que, sinceramente, me parece mucho más interesante que cualquier gol o cualquier táctica.

¿Por qué hay personas que simplemente aceptan que perdieron, se lamentan un rato y siguen con su vida, mientras otras necesitan construir toda una historia para convencerse de que, en realidad, nunca fueron derrotadas?

El primer caso lo vivimos muy de cerca los mexicanos.

Después de que México eliminó a Ecuador, comenzó una ridícula campaña de desinformación que pasó de unas cuantas cuentas en redes sociales a influencers, periodistas e incluso medios internacionales. Como muchos no soportaron que una selección a la que durante días llamaron «más barata», «más débil» o simplemente «inferior» terminara eliminándolos, apareció una explicación que, además de conveniente, rozaba lo infantil.

La excusa era sencilla:

«El crimen organizado amenazó a los jugadores ecuatorianos y por eso perdieron.»

No había una denuncia oficial. No había una investigación. No existían pruebas.

Pero eso era lo de menos.

La historia comenzó a repetirse tantas veces que terminó convirtiéndose, para muchos, en una verdad absoluta. Aficionados, periodistas, influencers, políticos… todos parecían repetir al unísono el mismo relato.

La situación alcanzó un nivel todavía más absurdo cuando el pseudo periodista argentino Eduardo Feinmann aseguró públicamente que esa versión «se la estaban confirmando».

Y aquí es donde cualquiera debería hacerse una pregunta muy sencilla.

¿Quién se lo confirmó? ¿Con qué pruebas? ¿Con qué investigación?

Porque lanzar una afirmación así sin presentar una sola evidencia no es periodismo, es alimentar una narrativa porque resulta más cómoda que aceptar una derrota.

El relato, además, terminó perdiendo todavía más credibilidad cuando semanas después el propio Feinmann volvió a lanzar declaraciones abiertamente antimexicanas. Ahí quedó claro que su objetividad brillaba por su ausencia, pero para muchos ecuatorianos eso ya era irrelevante. Ellos ya tenían una explicación que les permitía dormir tranquilos.

No perdieron. Los amenazaron.

Y cuando uno cree esa historia, la derrota deja de existir.

Pero apenas nos estábamos recuperando de esa novela cuando llegó el segundo episodio.

Argentina.

La vigente campeona del mundo llegó a este Mundial envuelta en una enorme nube de soberbia. Durante cuatro años, buena parte de sus periodistas, influencers y aficionados convirtieron el campeonato de Qatar en una especie de patente para burlarse del resto del planeta. Francia, España, Inglaterra… ni hablar de México o del resto de Latinoamérica. Todo aquel que opinara algo diferente recibía la misma respuesta:

«Primero gana un Mundial y después hablamos.»

El argumento era siempre el mismo. No importaban los datos. No importaba el análisis. No importaba el fútbol.

Solo importaba tener una estrella más bordada en la camiseta.

Mientras avanzaba el Mundial, comenzaron nuevamente las polémicas arbitrales alrededor de Argentina. En redes sociales miles de aficionados de distintas partes del mundo coincidían en una misma percepción: la selección albiceleste estaba siendo favorecida por decisiones que, cuando menos, resultaban discutibles.

Y lejos de intentar bajar el tono, muchos periodistas argentinos hicieron exactamente lo contrario. Se agrandaron todavía más. Respondían con burlas, con soberbia y con ese tono de superioridad que durante cuatro años utilizaron para desacreditar cualquier opinión distinta a la suya.

Hasta que apareció España. Y España les pasó por encima. No hubo discusión. No hubo excusas futbolísticas. Simplemente hubo una selección mejor que otra.

Pero cuando algunos son incapaces de aceptar una derrota, siempre aparece una nueva explicación.

Ahora el relato cambió.

Ya no era que España había jugado mejor.

Ahora Argentina había sido amenazada.

Que existieron presiones. Que alguien los obligó a dejarse ganar.

Y aquí me surge una duda que, sinceramente, me parece imposible ignorar.

Si eso realmente hubiera ocurrido…

¿Por qué Lionel Messi no salió a denunciarlo?

Porque quienes impulsan esa teoría ni siquiera se dan cuenta del daño que le hacen a su propio ídolo. Sin querer, están diciendo que el supuesto mejor futbolista de la historia prefirió guardar silencio antes que defender a su selección. Que aceptó perder por miedo. Que no tuvo el carácter para enfrentar esa supuesta amenaza.

Y eso termina siendo mucho más ofensivo para Messi que aceptar simplemente que España fue superior.

Lo verdaderamente curioso es que ahora muchos argentinos aseguran que existe una campaña internacional para desprestigiarlos. Que el mundo entero se puso de acuerdo para burlarse de ellos. Que hay intereses ocultos detrás de cada meme, cada comentario y cada crítica.

Pero quizá la explicación sea mucho más sencilla.

Durante cuatro años se acostumbraron a burlarse de todos. A decir que quien no era campeón del mundo no tenía derecho a opinar. A convertir el fútbol en un ejercicio permanente de soberbia. Y resulta que el fútbol, como la vida, da muchas vueltas.

Hoy reciben exactamente lo mismo que durante años repartieron.

La diferencia es que cuando ellos lo hacían era «picardía», era «folclore», era parte de la pasión del futbol. Cuando les toca recibirlo, entonces se convierte en una campaña pagada, en una persecución internacional o en una falta de respeto. Y ese, creo yo, es el verdadero fenómeno social que nos dejó este Mundial.

Cada vez nos cuesta más aceptar que alguien fue mejor.

Nos hemos acostumbrado tanto a justificar nuestros fracasos que preferimos inventar enemigos invisibles antes que reconocer errores propios. Siempre hay un culpable: El árbitro, la FIFA, el crimen organizado, una amenaza o una conspiración.

Cualquier explicación sirve, siempre y cuando no tengamos que pronunciar las dos palabras que más trabajo nos cuestan:

«Perdimos bien.»

Porque perder nunca será un problema. Todos perdemos alguna vez.

Lo preocupante empieza cuando dejamos de aceptar la realidad y convertimos cualquier derrota en una conspiración. Ahí ya no estamos hablando de futbol.

Estamos hablando de una sociedad que, antes de hacer autocrítica, prefiere inventarse una mentira para sentirse invencible.

Y una sociedad que pierde la capacidad de reconocer sus errores está condenada a repetirlos una y otra vez, aunque frente a sus ojos la realidad le esté gritando exactamente lo contrario.