Hace 37 años, el Japón vivió uno de los crímenes más atroces de su historia reciente. Junko Furuta, una adolescente de 17 años, fue secuestrada, sometida a violaciones, torturas repetidas y finalmente asesinada por un grupo de jóvenes, en un caso que hoy sigue siendo recordado por su extrema crueldad.
El 25 de noviembre de 1988, Junko Furuta salió de la escuela secundaria Yashio-Minami para dirigirse a su trabajo de medio tiempo en una fábrica de moldes plásticos. Era una estudiante común que pagaba sus estudios y soñaba con su futuro.
Esa misma tarde, cuatro jóvenes —entre 16 y 18 años— la abordaron con engaños en las calles de Tokio, la obligaron a entrar a un lugar abandonado y la retuvieron contra su voluntad.
DÍAS DE TORTURA Y VIOLENCIA SIN LIMITE
Durante 44 días, Furuta fue víctima de abusos diarios. Los agresores y otras decenas de hombres la violaron repetidamente y la sometieron a torturas brutales: desde quemaduras con cigarrillos y cera caliente, hasta introducirle objetos punzantes y obligarla a ingerir sustancias degradantes.
La policía tenía la oportunidad de rescatarla cuando recibió una denuncia anónima semanas después de su desaparición, pero los agentes encargados descartaron sus sospechas y se retiraron sin investigar a fondo.
El horror continuó. Furuta fue castigada por intentar contactar a las autoridades: le quemaron las piernas con gasolina e incluso intentaron matarla antes de consumar su asesinato.
UNA MUERTE INIMAGINABLE
El 4 de enero de 1989, después de sufrir torturas indescriptibles, Furuta fue brutalmente golpeada, rociada con gasolina y prendida fuego. Agonizó durante horas hasta morir. Tenía apenas días para cumplir 18 años.
Los cuatro secuestradores envolvieron su cuerpo en mantas, lo colocaron en un barril de metal y lo enterraron en cemento fresco antes de abandonarlo en las afueras de Tokio.
Tras meses de investigación, los responsables principales fueron arrestados y juzgados. Sin embargo, el veredicto generó profunda indignación: tres de los acusados eran menores de edad y las condenas fueron consideradas moderadas en comparación con la magnitud del crimen.
Aunque algunos de los agresores fueron encarcelados, la percepción pública en Japón fue que la justicia no estuvo a la altura del sufrimiento de la víctima.
Un legado perturbador
El caso de Junko Furuta sigue siendo citado como uno de los crímenes juveniles más atroces de la posguerra en Japón, un recordatorio del dolor que puede causar la violencia extrema y de la importancia de una respuesta oportuna y rigurosa de las autoridades cuando se trata de desapariciones y abusos.