La FIFA y el Mundial que debió cambiar de sedes… o no jugarse

Por: Alfonso Segovia

El Mundial de la FIFA 2026, como cualquier otro, viene cargado de polémicas. Pero este no es un Mundial más. Este trae encima una mezcla peligrosa de política, migración, guerra y, sobre todo, una FIFA completamente sometida.

Desde que Donald Trump volvió al poder, dejó claro que el Mundial no sería solo futbol. Lo convirtió en herramienta política. Amenazó con usar a ICE en los alrededores de los estadios para “cazar” migrantes indocumentados que asistieran a los partidos. La FIFA tuvo que salir a matizar el tema, a decir que los estadios serían espacios seguros… pero Gianni Infantino, como ya es costumbre, decidió callar.

Después vino otra: Trump amenazando con quitar sedes a estados cuyos gobernadores no se alinearan con su agenda. Como si el Mundial fuera suyo. Como si la FIFA no existiera. Como si pudiera mover el torneo como ficha de ajedrez política.

¿Y qué hizo Infantino?
Nada.

Y cuando a un tipo así no se le pone un alto, pasa lo inevitable: escala.

La ceremonia del sorteo del Mundial fue el punto más bajo. Lo que debía ser una fiesta del fútbol terminó siendo un homenaje descarado a la figura de Donald Trump. Minutos interminables de protagonismo, entrevistas innecesarias, Infantino buscando aprobación como alumno frente al maestro… y el colmo: inventar un “Premio FIFA de la Paz” para entregárselo.

Sí, a Trump.

El mismo que amenaza con guerras, el mismo que escala conflictos, el mismo que ha tensado al mundo entero.

Pero para Infantino, merecía un premio.

Ahí quedó claro todo.

La FIFA de hoy no incomoda al poder. La FIFA de hoy se arrodilla ante él.

Y lo peor no es eso. Lo peor es la doble moral.

Porque cuando se trató de Rusia, la FIFA fue firme, contundente y hasta ejemplar: veto total tras el conflicto con Ucrania. Fuera del Mundial, fuera de eliminatorias, fuera del escenario internacional.

Pero cuando se trata de Estados Unidos o de Israel… cambia el discurso.

Ahí ya no hay sanciones.
Ahí ya no hay postura.
Ahí “el deporte no se mezcla con la política”.

Curioso.

Porque los meses previos a este Mundial estuvieron marcados por incursiones militares de Estados Unidos, por la guerra de Israel contra Palestina y por la escalada contra Irán. Motivos había —y de sobra— para exigir el mismo criterio que se aplicó a Rusia.

Pero no.

Ahí sí, silencio.
Ahí sí, excusas.
Ahí sí, conveniencia.

Y si hacía falta un ejemplo más claro del desastre, está el caso de Irán.

Un país en guerra directa con Estados Unidos, con partidos programados en Washington. Irán pidió garantías. Trump dijo que no podía ofrecerlas, o que serían solo para el equipo, no para la afición. Irán pidió cambiar la sede a México.

La FIFA dijo que no.

Así, sin más.

Y entonces viene la pregunta incómoda:
¿qué afición iraní va a ir?

Porque Estados Unidos ha restringido visas a decenas de países, varios de ellos clasificados al Mundial, incluyendo Irán. Es decir, puedes jugar… pero tu gente no puede entrar.

¿Y la FIFA de Infantino?

Otra vez: silencio.

La relación entre Infantino y Trump ya no parece institucional. Parece otra cosa. Una serie de visitas, de gestos, de omisiones deliberadas, de mirar hacia otro lado con tal de no incomodar al hombre más poderoso del país que alberga la mayoría de los partidos.

Y eso tiene un costo. Porque este Mundial dejó de ser solo futbol.

Se convirtió en un escaparate político, en un instrumento de presión, en un evento donde se premia al poder y se castiga según convenga. Donde se habla de inclusión, pero se restringe la entrada. Donde se presume unidad, pero se excluye a quien no encaja.

Yo, como aficionado, lo digo sin rodeos: este Mundial, así, no debió jugarse.

O al menos, no ahí.

Porque cuando el futbol se usa como herramienta política, cuando la FIFA decide quién sí y quién no según conveniencia, y cuando se premia a quien amenaza con guerras mientras se habla de paz…

Entonces ya no estamos viendo un Mundial. Estamos viendo un espectáculo.Y uno bastante vergonzoso.