Por Alfonso Segovia
El Mundial ha llegado a sus instancias finales. Para sorpresa de absolutamente nadie, Argentina está en semifinales y del otro lado aparece Francia. Una selección que enamora por momentos con su fútbol y otra que, desde Qatar 2022, sigue arrastrando una enorme sombra de polémica dentro y fuera de la cancha.
Pero no quiero hablar de teorías de conspiración, ni de fanatismos absurdos, ni de nacionalismos baratos.
Quiero hablar de dinero.
Porque, al final, el fútbol moderno parece girar mucho más alrededor del negocio que de la pelota.
Esta semana, el periodista francés Romain Molina volvió a poner sobre la mesa una investigación que involucra a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), a empresas privadas radicadas en Miami y a una compleja estructura financiera que, de comprobarse, exhibiría uno de los mayores escándalos económicos en la historia reciente del fútbol.
Según la investigación, más de 300 millones de dólares habrían sido desviados mediante una red de empresas que comercializaban los derechos vinculados a la selección argentina. Incluso se habla de investigaciones en curso por parte de autoridades estadounidenses.
Y entonces inevitablemente aparece una pregunta:
¿Dónde termina la responsabilidad de la AFA y dónde comienza la de la FIFA?
Uno de los puntos más llamativos del trabajo de Molina ocurre apenas nueve días antes de que Argentina levantara la Copa del Mundo en Qatar.
El presidente de la AFA, Claudio «Chiqui» Tapia, firmó un contrato de representación comercial con una empresa creada apenas tres meses antes en Miami: Tour Proenter.
Una empresa nueva. Sin historial. Sin experiencia conocida en ese nivel.
Y, curiosamente, ubicada en la misma ciudad donde años después terminaría jugando Lionel Messi.
Su fundador era Javier Faroni, productor teatral y político argentino. Y aquí es donde las preguntas comienzan a acumularse.
¿Qué empresario crea una compañía de ese tamaño apenas semanas antes de un Mundial y apuesta millones de dólares a la explotación comercial de una selección?
¿Qué información tenía para asumir semejante riesgo?
Porque cualquier empresario sabe que una Copa del Mundo puede terminar en fase de grupos.
Puede terminar en octavos.
Puede terminar en cuartos.
Pero aquí parecía existir una seguridad absoluta de que el negocio sería gigantesco.
¿Por qué?
Según la investigación, buena parte de los ingresos derivados de los éxitos comerciales de la selección argentina no ingresaban directamente a las cuentas de la AFA, sino que pasaban primero por esta empresa privada, que retenía alrededor del 30% en concepto de comisiones.
Si esto es cierto, estamos hablando de decenas de millones de dólares.
Después aparecen empresas presuntamente vinculadas al esquema financiero en Bariloche, transferencias desde bancos estadounidenses, prestanombres y movimientos que, según la investigación, buscaban justificar operaciones inexistentes.
Mientras tanto, el patrimonio de varios dirigentes argentinos habría crecido de manera difícil de explicar: propiedades en Miami, yates, aviones privados y un estilo de vida que difícilmente corresponde al sueldo de un dirigente deportivo.
Y aquí vuelve otra pregunta.
¿Dónde está la FIFA?
Porque resulta curioso que el organismo que presume combatir la corrupción con tanta firmeza cuando le conviene, permanezca prácticamente inmóvil cuando las sospechas apuntan hacia una de sus federaciones más cercanas.
Más aún cuando el departamento jurídico de la FIFA mantiene una relación particularmente cercana con dirigentes de la Conmebol y de la propia AFA.
Quizá todo tenga una explicación perfectamente legal.
Quizá la investigación termine demostrando que no existió ningún delito. O quizá estemos frente a otra página más de la larguísima historia de corrupción que ha acompañado al futbol durante décadas.
Lo cierto es que la FIFA hace mucho dejó de transmitir confianza.
Pasamos de Joseph Blatter, símbolo mundial de la corrupción deportiva, a Gianni Infantino, quien prometió limpiar la casa y terminó construyendo una FIFA todavía más opaca, más elitista y mucho más cercana al poder político y económico.
El fútbol dejó de pertenecer a la gente.
Hoy pertenece a quienes pueden convertirlo en negocio.
Y eso duele.
Porque quienes crecimos amando este deporte no nos enamoramos de contratos en Miami, empresas pantalla, comisiones millonarias ni investigaciones financieras.
Nos enamoramos de una pelota, de un gol, de una tribuna, de la ilusión de que en la cancha ganaba el mejor.
Hoy esa ilusión cada vez cuesta más trabajo sostenerla.
Y si algún día se demuestra que el negocio terminó pesando más que el fútbol, entonces habrá que admitir algo muy triste:
El verdadero campeón del mundo ya no es una selección. El verdadero campeón del mundo es la FIFA de Gianni Infantino