La defensa de la autonomía en la UAEH, marcada por el rechazo a Gerardo Sosa

Miles de estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo marcharon este viernes hacia la Plaza Juárez para exigir respeto a la autonomía universitaria. La concentración, que reunió a preparatorias, escuelas superiores e institutos, pretendía mostrar fuerza y cohesión académica en una fecha emblemática para la institución.

FOTOGRAFÍA OBLIGADA Y CONTROL POLÍTICO

A los contingentes se les pidió registrarse con fotografías como prueba de su asistencia, lo que despertó críticas entre algunos universitarios que consideraron la medida como un acto de control político más que de libre expresión.

Aunque el rector Octavio Castillo Acosta subrayó que el 3 de octubre representa la victoria jurídica de la UAEH ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la concentración quedó marcada por la presencia de Gerardo Sosa Castelán. Investigado por delincuencia organizada y señalado como un cacique universitario, Sosa fue visto en el contingente inicial y posteriormente tuvo que salir escoltado entre empujones tras recibir muestras de rechazo.

PINTAS Y EXPRESIONES CONTRA SOSA: EL SENTIR DE LA COMUNIDAD

Horas antes, en la llamada Ciudad del Conocimiento, aparecieron pintas que pedían la salida definitiva de Sosa de la vida universitaria. Para amplios sectores de la comunidad, su figura representa el mayor obstáculo para que la UAEH logre ejercer su autonomía de manera plena y transparente, lejos de intereses personales o de grupo.

Autonomía secuestrada

Aunque la movilización buscaba ser un acto de unidad académica, se evidenció que la autonomía universitaria sigue bajo la sombra de viejas prácticas de control político y de liderazgos cuestionados. El verdadero reto de la UAEH no solo es defenderse de injerencias externas, sino también de limpiar su vida institucional de figuras como Gerardo Sosa, que pretenden perpetuarse a pesar de enfrentar procesos judiciales abiertos.

La Plaza Juárez se convirtió así en escenario de dos mensajes opuestos: el de miles de estudiantes que legítimamente quieren defender a su universidad, y el de un exrector aferrado a mantenerse como referente pese a la desaprobación creciente dentro y fuera de la comunidad universitaria.