La bola de nieve llamada “narcocultura”

Este fin de semana cayó uno de los nombres más temidos del narcotráfico en México: Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”. Durante años fue el rostro —o la sombra— detrás del poder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), una de las estructuras criminales más violentas del país.

Podríamos detenernos en el operativo, en la inteligencia militar o en las implicaciones geopolíticas de su captura. Pero hay algo más profundo que me interesa abordar: el impacto social que el narcotráfico ha tenido en nuestra cultura. Porque el problema no termina cuando cae un capo. A veces, ahí apenas empieza otra etapa.

El fin de semana las redes se inundaron de videos de supuestos enfrentamientos entre sicarios y fuerzas armadas. Algunos eran recientes, otros reciclados de años anteriores. También circularon mensajes de pánico colectivo: que si autopistas cerradas fuera de Jalisco, que si saqueos en el Estado de México, que si mercados tomados en Puebla. La mayoría resultaron falsos o exagerados.

Pero el verdadero problema no fue la desinformación.

Hace unas semanas hablábamos aquí sobre noticias falsas y contenido manipulado. Esta vez el foco es otro: cuando jóvenes —y no tan jóvenes— aspiran genuinamente a ser parte del crimen organizado. Cuando en momentos de tensión real se sienten llamados a “formar parte de algo”, motivados por esa fantasía de poder y pertenencia que han construido en su cabeza.

Podemos culpar a los narcocorridos, a las series de streaming, a las películas o incluso a los videojuegos. Pero sería demasiado fácil. La música no jala el gatillo. Una serie no recluta sicarios.

Yo no veo problema en que un corrido narre la vida de un criminal. Tampoco en que una serie cuente la historia de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán, de Amado Carrillo Fuentes o de Pablo Escobar. El problema no es contar la historia. El problema es cuando esa historia se convierte en aspiración.

La idealización es el verdadero veneno.

La narrativa del narco ofrece una versión distorsionada del éxito: dinero rápido, autos de lujo, ropa de diseñador, mujeres, poder, respeto inmediato. Para un joven que crece sin oportunidades reales, sin empleo digno, sin movilidad social, esa promesa funciona como un atajo seductor. Aparecen entonces los “reclutadores”, esos vendedores de fantasías que ofrecen la vida dorada que vieron en la pantalla o escucharon en un corrido.

Y la realidad es otra.

No se convierten en capos. Se convierten en peones. En la primera línea de fuego. En carne de cañón. Mueren defendiendo a hombres que jamás supieron su nombre. Entregan la vida por alguien para quien siempre fueron reemplazables.

A mí me genera una tristeza profunda ver a esos jóvenes armados, convencidos de que están defendiendo honor y lealtad, cuando en realidad están defendiendo un negocio. Porque el narcotráfico no es épico. Es empresarial. Y en esa empresa, el recurso más barato es la vida humana.

El origen del problema es complejo y tiene demasiados tentáculos: falta de oportunidades, desigualdad estructural, corrupción institucional, tráfico de armas desde Estados Unidos, impunidad histórica. Y también el consumo.

Porque solemos hablar del cártel como si fuera una entidad abstracta que exporta toneladas de droga al extranjero. Pero el narcotráfico también se sostiene con el consumidor cotidiano: el que compra marihuana al dealer del barrio, el que adquiere cocaína los fines de semana, el que minimiza su participación diciendo “mis cien pesos no hacen diferencia”.

¿No hacen diferencia?

Multipliquemos esos cien pesos por miles, por millones. Sigamos el rastro del dinero. Tarde o temprano llega al mismo lugar: a una estructura criminal que compra armas, recluta jóvenes y corrompe autoridades.

La narcocultura no es solo música ni series. Es una bola de nieve que empezó con violencia, creció con impunidad y hoy rueda alimentada por consumo, aspiraciones torcidas y normalización social. Hemos dejado de ver al narco como villano para convertirlo, en algunos casos, en figura aspiracional.

¿La solución? No creo en la censura. Prohibir canciones o cancelar series no resolverá un problema estructural. El arte y el entretenimiento cuentan historias; no son manuales de conducta.

La clave está en la educación. En enseñar desde casa y desde la escuela que eso no es éxito. Que esa no es una vida admirable. Que el lujo construido sobre sangre no es triunfo, es fracaso moral. Que los verdaderos héroes no son quienes siembran terror, sino quienes construyen comunidad.

La narcocultura no desaparecerá con la captura de un capo.
Desaparecerá cuando deje de parecernos deseable.

Y ese trabajo no es del Ejército.
Es de todos nosotros.