Kim Jong-un, el dictador norcoreano, utilizó un pasaporte falso de niño para visitar Disneylandia

En 1996, cuando Kim Jong-un tenía alrededor de 12 años, él y su hermano Kim Jong-chul habrían viajado a Japón utilizando pasaportes brasileños falsificados. Los documentos, emitidos por la embajada de Brasil en Praga, identificaban a Kim Jong-un como “Josef Pwag”, nacido en São Paulo. Su hermano figuraba como “Ijoson Pwag”. Ambos pasaportes incluían fotografías reales de los niños, pero con identidades completamente ficticias.

Este tipo de maniobra no es inusual en familias dictatoriales que buscan proteger a sus miembros o moverlos discretamente por el mundo. En este caso, el objetivo del viaje era visitar Disneylandia en Tokio, una experiencia que contrasta radicalmente con la imagen pública que Kim proyectaría años después como líder de uno de los regímenes más cerrados y represivos del planeta.

DISNEYLANDIA COMO ESCENARIO PARADÓJICO

La visita al parque temático representa una paradoja simbólica: el niño que más tarde lideraría un país aislado y hostil hacia Occidente disfrutó de uno de los íconos más globalizados del capitalismo estadounidense. Disneylandia, con su promesa de fantasía, libertad y consumo, se convierte en un escenario casi surrealista para el joven Kim.

Este episodio revela cómo incluso los líderes más autoritarios tienen historias personales marcadas por experiencias comunes, aunque envueltas en secreto. La imagen de Kim Jong-un paseando por el parque, probablemente comiendo helado y subiendo a atracciones, contrasta con la severidad de su figura adulta, asociada a misiles, censura y control absoluto.

¿CÓMO SE DESCUBRIÓ ESTA HISTORIA?

La existencia de estos pasaportes falsos fue revelada por fuentes diplomáticas y filtraciones de inteligencia que circularon en medios internacionales. Aunque Corea del Norte nunca ha confirmado oficialmente el viaje, las imágenes de los pasaportes y los detalles coinciden con lo que se sabe sobre los movimientos de la familia Kim en los años noventa, cuando vivían en Suiza bajo identidades encubiertas.

 

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Este tipo de revelaciones no solo generan curiosidad, sino que también abren debates sobre la doble vida de las élites autoritarias: por un lado, promueven el aislamiento y el rechazo a Occidente; por otro, disfrutan de sus comodidades en privado.

UN GESTO QUE HUMANIZA, PERO NO ABSUELVE

Aunque el episodio puede parecer anecdótico, también sirve para recordar que los dictadores no nacen como tales. Tienen infancias, gustos, miedos y momentos de alegría. Sin embargo, estas experiencias no necesariamente los hacen más empáticos. En el caso de Kim Jong-un, su paso por Disneylandia no impidió que más tarde se convirtiera en uno de los líderes más temidos del mundo.