Estrenada en 1999, casi en simultáneo con Matrix, eXistenZ pasó más desapercibida que su contemporánea, pero propuso una experiencia más incómoda y perturbadora. David Cronenberg imaginó un thriller de realidad virtual que no se apoya en grandes revelaciones binarias —realidad versus simulación—, sino en la confusión constante entre ambas. El resultado es una película que no explica: infiltra.
Ted Pikul (Jude Law), un publicista convertido en guardaespaldas por accidente, es el vehículo del espectador hacia un mundo donde el cuerpo ya no es un límite, sino una interfaz. La instalación del “biopuerto”, una abertura orgánica conectada directamente al sistema nervioso, sintetiza la obsesión cronenbergiana por la vulnerabilidad física. En eXistenZ, jugar implica perforarse, dejarse invadir, exponerse.
ALLEGRA GELLER Y EL PODER DEL DISEÑO
Jennifer Jason Leigh interpreta a Allegra Geller, diseñadora de videojuegos y figura casi mesiánica. Ella no solo crea mundos, también dicta reglas invisibles. A través de los “impulsos del juego”, la película plantea una inquietante pregunta: ¿actúan los personajes por voluntad propia o porque el sistema los empuja? La humillación, la violencia y el deseo aparecen como comandos inevitables.
A diferencia de Matrix, que ofrece una estructura clara de elección y despertar, eXistenZ se regodea en la duda. No hay píldora roja ni azul, solo capas que se superponen. Cronenberg abraza los errores, los fallos del sistema, los tiempos muertos de un mundo virtual aún en construcción. Esa imperfección es parte de su verosimilitud y de su inquietud.
Tecnología orgánica, biología contaminada
En el universo de la película, la tecnología no reemplaza al cuerpo: se fusiona con él. Los dispositivos parecen órganos, los cables recuerdan tendones, los controles palpitan. La famosa respuesta de Allegra sobre las infecciones —señalando la boca como prueba de que los orificios abiertos son naturales— resume la lógica del film: lo artificial ya es parte de lo humano.
UNA ESTÉTICA CONTRA EL CLICHÉ CYBERPUNK
Lejos de rascacielos y neón, eXistenZ sitúa su futuro en paisajes bucólicos: bosques, lagos, criaturas anfibias. La sensación es la de un retorno a lo primitivo, como si la evolución tecnológica hubiera dado un rodeo biológico. El vestuario minimalista diseñado por Denise Cronenberg refuerza esa serenidad extraña, casi engañosa.
Actuaciones al servicio de la incomodidad
Jude Law construye a Ted como un personaje nervioso, frágil, permanentemente descolocado. Jennifer Jason Leigh, en cambio, domina la escena con una autoridad ambigua, a medio camino entre creadora y criatura. La inversión de roles de poder añade otra capa a un relato donde nada ocupa un lugar estable por mucho tiempo.
Más de dos décadas después, eXistenZ se revela como una obra premonitoria. En tiempos de inteligencia artificial, realidad virtual y cuerpos cada vez más mediados por la tecnología, la película sigue incomodando. Su conclusión no ofrece consuelo: la tecnología no nos libera de nuestros deseos ni de nuestras humillaciones; apenas les da nuevas formas. Y quizá por eso, eXistenZ sigue metiéndose bajo la piel.