Por Abril Carro
Entre consumir y ser consumido.
Quienes vieron Euforia entienden por dónde va este artículo; sin embargo, haré que sea entendible para todes, así que, si no has visto esta serie, no te preocupes, a menos que no quieras spoilers. No vamos a hablar de lo mala que fue esta última temporada, ni de todos los chismes y conflictos que se suscitaron, sino de cómo la narrativa busca hablarnos de uno de los problemas contemporáneos más graves a los que nos enfrentamos.
Esta serie nos brinda un panorama completo de una situación que nos relaciona profundamente tanto a Estados Unidos como a México en esta lucha contra el crimen organizado. Esta relación no justifica para nada un intervencionismo, más bien nos hace pensar en qué papel tiene cada país en la solución de sus propios conflictos, relatando una realidad alarmante, poniendo el dedo en la llaga, buscando señalar y esperando cautivar a la audiencia desde la empatía.
La historia de Rue, la verdadera protagonista de la serie, comienza con una crítica al sistema de salud de Estados Unidos de los noventa, en donde se recetaban medicamentos al por mayor, muchos con opioides, con altos riesgos de adicción. Lo hemos podido ver en otras series como Gambito de Dama: muchas veces las adicciones empezaban en entornos controlados, se administraban por médicos y las consecuencias se agravaban al contacto con otras sustancias que producían las mismas sensaciones, pero sin ninguna regulación.
Mucho se habla de la “mariguana” o el “tabaco” como primer gancho de adicción; sin embargo, Levinson señala un sistema que mucho tiempo buscó mantener a los pacientes en un estado de adicción controlada antes de buscar terapias alternativas, quizá como forma paliativa de resolver el problema, buscando “adormecer” a las mentes que se salían del molde. Podemos ver entonces que la crisis que enfrenta actualmente Estados Unidos en relación con el fentanilo fue fomentada desde su propio sistema de salud.
Es así como llegamos a la adolescencia de Rue, y vemos cómo gracias a su amistad con el dealer local entra en este oscuro mundo, para durante toda la serie adentrarse más y más.
En uno de los capítulos de las primeras temporadas podemos ver cómo el proveedor del dealer lo presiona para vender fentanilo; y es que el fentanilo es un agregado que vuelve a otras sustancias mucho más adictivas. Es tan poderoso que unos pocos gramos pueden provocar una sobredosis e incluso la muerte. Durante la serie, Levinson se pregunta: ¿por qué matar al consumidor? En realidad, el fentanilo no busca matarlo, aunque irremediablemente eso pase en la mayoría de los casos, sino que busca potenciar la adicción, hacer que el consumidor se enganche y gaste lo más rápido posible para satisfacer esas necesidades de consumo.
Esta última temporada es un golpe de crudeza en todos los sentidos: mientras las anteriores dos temporadas estaban difuminadas en un aura de glitter, como otras series adolescentes en donde se ve romantizada esta vibe tóxica, autodestructiva (como Skins en su tiempo), en esta temporada Levinson rompe por completo estas ideas junto con sus personajes.
A la par de la historia principal busca evidenciar, con escenas hipersexuales —como presentando a una de las protagonistas vestida de perro y de bebé, un hombre siendo aplastado por unas tetas gigantes o unas nalgas operadas y el recorrido que parece eterno de estas caminando por el lugar— lo enfermo y lo grotesco del consumo de cuerpos y cómo este consumo se ha normalizado hasta el punto de ser la fuente de riqueza de mujeres representadas como “huecas”, en busca de “atención” y “dinero fácil”.
Es así como expone el problema dicotómico en el que se tambalea EUA, entre consumir y ser consumido, y cómo el crimen se ve beneficiado de este problema, pasando por el narcotráfico hasta llegar con Álamo Brow, un proxeneta de un club de striptease que, navegando ambiguamente en la “legalidad” (pasando por Only Fans incluso), encubre explotación sexual, trata (venta de mujeres) e incluso venta de órganos.
Hasta aquí se ha mencionado que estos problemas ocurren en Estados Unidos, pero su relación con México se exhibe durante toda la temporada, ya sea con Rue cruzando fentanilo por la frontera, o con Ángel, una striptease latina que desaparece en una “clínica de rehabilitación”.
La relación con México es evidente. No podemos negar el impacto que EUA tiene en nuestras vidas; su cultura y nuestra cultura se mezclan determinando nuestra forma de consumo. México es de los mayores consumidores de Only Fans. La crisis de fentanilo está llegando a la frontera. La desaparición forzosa en México es una turbia y jodida realidad que experimentan en carne propia muchas familias: jóvenes que son forzados a trabajar en laboratorios clandestinos, en campos de concentración en calidad de secuestro y mujeres jóvenes que son llevadas a trabajar para ese mundo que exige sus cuerpos, y las desecha cuando dejan de ser útiles.
Euforia no solo ha sido el largo funeral de una drogadicta más —una que representa la principal causa de muerte en Estados Unidos—, sino que compara este consumo enfermo de sustancias con el consumo enfermo de los cuerpos, ambos auspiciados y fomentados desde la “legalidad”, pero con consecuencias que propician el enriquecimiento de criminales que se aprovechan de estas “necesidades” de consumo.
Las preguntas que genera esta serie en torno a estos dos grandes temas van encaminadas a cuestionar: ¿de quién es la culpa, del consumidor o del vendedor? Por ejemplo, en el tema de Only Fans, mientras la mayoría de los países que han bloqueado la plataforma castigan a quien ha decidido vender su cuerpo, hace justamente un año Suecia, como vanguardia del mundo, ha decidido castigar a quien decide pagar por la compra de estos servicios sexuales digitales.
Sin embargo, se señala más allá de la compra-venta pues existe un factor mucho más sutil y tiene que ver con quien fomenta ideas en torno a este consumo que da pie al mercado del narcotráfico, y de la trata y venta de mujeres.
Otro ejemplo regulatorio en este sentido es la prohibición de los corridos tumbados por parte de la presidenta de México, que aunque ha sido cuestionada por muchos como censura, esta medida tiene el mismo punto en común con las medidas Suecas contra Only Fans: los narcocorridos fomentan los carteles mexicanos, fomentan el consumo de drogas, fomentan el uso de armas, la objetivación y el consumo de mujeres, y glorifican a asesinos; porque hablar de lo que pasa y relatar una realidad que nos supera es muy diferente a aprobarla y fomentarla.
Ni el fentanilo ni la explotación de cuerpos empezaron en la calle o en una plataforma: germinaron en la legalidad permisiva, en el silencio cómplice de sistemas que priorizan el capital sobre la vida digna. Y esa cosecha, hoy, sigue creciendo al amparo de nuestras pantallas. Euphoria nos deja una advertencia incómoda: consumir y ser consumido son las dos caras de una misma moneda que gira en el vacío de la regulación, la indiferencia y la glorificación del consumo.
Estamos en un momento en donde las tendencias nos orientan y nos están determinando más que nunca, debemos prestar atención a la difusión viral de contenidos peligrosos, establecer regulaciones que cuiden esa delgada línea que define el consumo.
Hay que empezar a cuidar los discursos que esconden publicidad nociva, porque detrás del glitter hay una sociedad que se deja llevar por las tendencias y los consumidores no son enteramente responsables de su propia ruina, son parte de un sistema que mantiene, en lagunas legales, negocios que dan pie a los peores crímenes.