El tercer frente: La revolución silenciosa

Por Abril Carro

¿Cómo enfrentar la crisis económica global?

Últimamente se habla mucho de la crisis del post-neoliberalismo, el monstruo engendrado por el capitalismo, porque mientras Adam Smith nos describía una utopía donde el mercado se regulaba solo, la historia nos ha demostrado cómo «el hombre es el lobo del hombre», tal y como lo dijera Hobbes. Pues la balanza del capital se ha inclinado tan desproporcionadamente que el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza en conjunto que el 90% más pobre del planeta.

No solo nos ha afectado en términos financieros, sino que este sistema despiadado y voraz ha consumido los recursos del planeta sin distinción y sin cautela, sin reparar en los daños que produce esta explotación, agravando la crisis climática que padecemos sobre todo los pobres. Porque quienes no tienen que pasar horas bajo el sol y viven con aire acondicionado, aviones y helicópteros para evitar el tráfico, y cuyo consumo desmedido nos resulta impensable y exorbitante, seguro no se detienen ante el colapso del planeta Tierra.

En los últimos casi 100 años hemos podido ver dos frentes de lucha muy claros, ambos abogando por ser dueños del progreso y la supervivencia de la humanidad: quienes sostienen la regulación del capitalismo, y quienes proponen la abolición de este y su sustitución por un sistema basado en el también utópico comunismo. Sin embargo, dentro de ambos frentes podemos ver cómo la vida misma se ha convertido en un producto.

El espectáculo se ha vuelto el motor de esta sociedad de consumo, asegurándola y maximizándola, mientras las redes sociales han sido las encargadas de dictar y gobernar las tendencias: Estados Unidos aprovechando la industria cinematográfica como influencia global; China con una estricta regulación, con sus propias redes y sus propias tendencias, pero produciendo y reproduciendo las tendencias globales.

Como ejemplo de esto hemos visto a Jeff Bezos intentando tener un papel más orientado a dicho motor, financiando la Met Gala, para luego defender que el 50% de las personas más pobres no paguen impuestos, todo esto como un claro ejemplo del uso del espectáculo para asegurar a su propia empresa, porque ese descuento de impuestos seguramente terminaría en un carrito de Amazon.

Así es como se ha consolidado la maquinaria actual, y ambos frentes —el capitalista y el comunista, como los conocemos— subsisten y se definen a base del consumo, demostrando que en realidad quienes sostenemos cualquier sistema económico somos los consumidores. El sistema depende de nosotros, no solo a la hora de otorgar nuestro tiempo traducido en «mano de obra», sino que depende de lo que consumimos con lo que ganamos por esa misma «mano de obra».

Pongamos atención a dicho consumo para empezar a hablar del tercer frente. Para introducirlo debemos remontarnos incluso al funcionamiento del mundo como lo conocíamos y al funcionamiento de la mente del hombre. Y sí, hablo solo del hombre, porque hasta hace poco las mujeres habíamos interpretado un papel secundario en todas las decisiones del desarrollo de la humanidad, fuera del cuidado de los hijos y el hogar.

Estudios neurocientíficos muestran la tendencia en la mente masculina a seguir a un «líder» como forma de supervivencia, pues a nivel cerebral se busca la decisión más barata en términos de energía y la que conlleva menos riesgo de exclusión social; perpetuando así las jerarquías. Es quizá desde esta configuración cerebral que el mundo se ha polarizado en dos bandos: izquierda y derecha, rojo y azul, conservadores y liberales, comunistas y capitalistas; hombres siguiendo a hombres.

Sin embargo, me atrevo a decir que desde la entrada de las mujeres en el mundo público (estudiar, pensar, actuar, votar), al ir adquiriendo poco a poco una conciencia económica política y social se ha desatado un fenómeno global al que precisamente denomino en este artículo de opinión como el “Tercer frente”; esa tercera opción, una revolución silenciosa; pues podemos observar el mismo fenómeno sucediendo simultáneamente en la mayoría de los países, en algunos lugares como una revolución bien estructurada y en otros como una acción individual motivada por el propio análisis de la situación.

Las mujeres están dejando de tener hijos. Es una de las transformaciones demográficas más importantes de nuestro tiempo. La tasa global de fecundidad se ha reducido a más de la mitad desde 1950. Se habla de un envejecimiento de la población, de una crisis de cuidados, de pueblos fantasma, de países que buscan gente joven e inmigrante para que trabaje, de lugares donde te pagan por tener hijos. Se habla de esto como un problema, cuando en realidad es parte de un frente, de una lucha, de una revolución: la verdadera revolución de los úteros.

Escucho a muchas mujeres que pensaban construir una familia, que ansiaban tener hijos —muchas por un anhelo incluso biológico, algunas porque aún creen que a eso vinieron al mundo, motivadas por su religión o por sus familias—, pero que al ver la crisis, al ver este mundo que sus hijos heredarán, al estar tan apretadas económicamente, al ser víctimas de violencia económica o al darse cuenta de que necesitan el apoyo de una pareja que no promete mucho (que posiblemente tampoco quiera encargarse de la crianza ni de todos los cuidados que implica una casa con pequeños), van desistiendo de la idea, lenta pero progresivamente. Y esto se proyecta como un fenómeno global.

En muchos lugares de Europa, la vida sin hijos ya es un estilo de vida, prohibiendo la entrada de niños al darse cuenta de que hay muchas personas que prefieren disfrutar de espacios lejos de la crianza. En Corea del Sur, el lugar del mundo con menores índices de natalidad, el movimiento 4B abandera este frente, pues rechazan las relaciones, el matrimonio y la reproducción como forma de protesta contra el sistema patriarcal.

Y es que, si hablamos de un sistema económico como un ente que nos necesita para consumir y ser consumidos por él al mismo tiempo, ¿qué pasará cuando no haya un exceso poblacional en el mundo?, ¿cuándo nadie quiera ir a la guerra porque signifique perder una vida humana? ¿qué va a pasar cuando dejen de haber personas que explotar, personan que consuman?

Ya lo estamos viendo en series como El cuento de la criada o, en películas como Mad Max, donde el valor deja de estar en los bienes de consumo y empieza a estar en la vida misma. Esto que muchos economistas ven como una «crisis» es, en realidad, un nuevo frente en busca un nuevo orden mundial. Porque “la mejor manera de ejercer presión para que cambien los sistemas es limitando la producción de capital humano”.

El tercer frente está corrigiendo años de dominación y objetivación. La revolución de los úteros está actuando sigilosamente en contra del uso de los cuerpos de las mujeres para el consumo. Estamos regresándonos el valor no como una posesión obligada a parir, a dar «herederos», sino como una sagrada fuente de vida, lo verdaderamente más costoso en este mundo: un/a consumidor/a.

Esto para muchas mujeres quizá represente un sacrificio, en nombre del progreso, en nombre de la justicia social, en nombre del fin del hambre, del fin de la guerra, del fin del calentamiento global. Un sacrificio en nombre de la humanidad. Pero para muchas otras es parte de una revolución para apropiarse de sus propios cuerpos, para decidir cómo vivir su propia vida, para tomar una posición, en busca de otra solución en donde no haya explotación ni consumo desmedido, una opción que busque equilibrar y valorar la vida. Al fin y al cabo, fuera de todo sistema económico, el mundo se compone de madres e hijos.