La creadora japonesa murió en Tokio tras una trayectoria marcada por la innovación, las dificultades personales y un tardío reconocimiento internacional. Su obra la convirtió en una de las figuras más influyentes del arte contemporáneo.
Yayoi Kusama murió a los 97 años en Tokio, dejando atrás una de las carreras más singulares de la historia reciente del arte. Durante décadas, la artista japonesa construyó un universo propio a partir de patrones repetitivos, colores intensos, espejos, flores, calabazas y, sobre todo, lunares.
Su fallecimiento fue confirmado por la compañía que representaba su trabajo, que destacó que Kusama permaneció activa hasta sus últimos días y continuó pintando pese a su avanzada edad.
Más que una artista de instalaciones llamativas, Kusama desarrolló una propuesta que atravesó la pintura, la escultura, la literatura, la poesía y la performance.

UNA PIONERA EN UN MUNDO DOMINADO POR LOS HOMBRES
El camino hacia el reconocimiento estuvo lejos de ser sencillo. Cuando llegó a Nueva York en la década de 1960, Kusama intentó abrirse paso en una escena artística dominada por hombres.
Sus propuestas rompían con las convenciones de la época. Creó esculturas con formas fálicas, organizó performances y recurrió incluso a la desnudez para cuestionar las normas del arte y la sociedad.
Sin embargo, mientras algunos artistas contemporáneos alcanzaban posiciones privilegiadas en galerías y museos, Kusama consideraba que varias de sus ideas eran retomadas por creadores varones que obtenían mayor atención y reconocimiento.
La frustración terminó llevándola de regreso a Japón.

Encontró en el arte una forma de enfrentar sus propias experiencias
Desde pequeña, Kusama tuvo experiencias visuales que describió como alucinaciones. Aquellas percepciones terminaron convirtiéndose en parte fundamental de su lenguaje artístico.
En lugar de ocultarlas, las transformó en pinturas, instalaciones y ambientes capaces de reproducir la sensación de encontrarse dentro de un mundo que se multiplica sin límites.
Posteriormente decidió vivir en un hospital psiquiátrico de Tokio, donde encontró las condiciones necesarias para continuar trabajando. Desde allí mantuvo una producción constante durante buena parte de su vida.
Su estudio y el hospital se convirtieron en los espacios desde los que desarrolló una obra cada vez más reconocida.
LOS ESPEJOS Y LOS LUNARES CONQUISTARON AL MUNDO
Uno de los elementos que definieron su carrera fueron las instalaciones de espejos, capaces de generar la ilusión de espacios infinitos mediante reflejos y luces.
A partir de ahí, Kusama desarrolló una estética fácilmente reconocible: superficies cubiertas de puntos, enormes esculturas, habitaciones inmersivas y objetos repetidos hasta modificar la percepción del espectador.
Con el paso de los años, estas obras dejaron de ser consideradas extravagancias para convertirse en piezas altamente cotizadas y en algunas de las experiencias más visitadas del arte contemporáneo.

Venecia cambió la percepción sobre su trabajo
La historia de Kusama con la Bienal de Venecia refleja el largo camino que recorrió para obtener reconocimiento.
En 1966 acudió al evento sin haber sido invitada y colocó miles de esferas metálicas como parte de una intervención artística. Años después, en 1993, regresó oficialmente y se convirtió en la primera artista japonesa en presentar una exposición individual en representación de su país.
Aquella participación contribuyó a consolidar su prestigio internacional y abrió una nueva etapa en la recepción de su obra.
En Japón también comenzaron a multiplicarse los reconocimientos. En 2001 recibió el Premio Asahi por su aportación al ámbito cultural y artístico.
DE ARTISTA INCOMPRENDIDA A FENÓMENO MUNDIAL
El éxito de Kusama llegó con especial intensidad durante las últimas décadas de su vida. Sus exposiciones comenzaron a atraer enormes cantidades de visitantes y sus trabajos alcanzaron cifras millonarias en las subastas.
En 2022, una de sus pinturas fue vendida por aproximadamente 10.5 millones de dólares.
Su influencia también llegó al mundo de la moda y el lujo, donde colaboró con firmas internacionales, entre ellas Louis Vuitton.
Las redes sociales terminaron de convertir sus instalaciones en un fenómeno popular. Las habitaciones de espejos, las esculturas de colores y las superficies cubiertas de lunares se transformaron en escenarios buscados por visitantes de todo el mundo.
Entre todos los elementos que forman parte de su universo creativo, la calabaza ocupó un lugar especial.
Kusama encontraba en esta figura una sensación de seguridad y recuerdos vinculados con su pasado. Su fascinación quedó plasmada en numerosas obras, algunas de ellas monumentales.
En Naoshima, isla japonesa reconocida por sus espacios dedicados al arte contemporáneo, una de sus piezas más famosas recibe a los visitantes: una gran calabaza amarilla y negra instalada frente al mar.

UN LEGADO QUE DESAFIÓ LAS REGLAS
La historia de Yayoi Kusama también es la de una artista que pasó de ser cuestionada y prácticamente ignorada a convertirse en una referencia mundial.
Su obra consiguió unir experiencias personales, obsesiones visuales y una extraordinaria capacidad para transformar espacios. Los lunares que alguna vez fueron parte de una propuesta considerada radical terminaron convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles del arte contemporáneo.
A los 97 años, Kusama deja una trayectoria que no solo transformó su propia vida, sino también la manera en que millones de personas se relacionan con el arte.