¿En verdad existe un debate, o es tu moral adecuada para sentirte mejor?

Por: Ariel Abad
@ArielRed

Hace unos días, específicamente en Colombia y en el entorno digital global, cobró fuerza el debate sobre 80 hipopótamos que serán “sacrificados”, a reserva de encontrar un mejor adjetivo, con el objetivo de contener el crecimiento de una población que hoy altera diversos socioecosistemas. La existencia de esta especie en la región, introducida en la década de los ochenta por un reconocido criminal, es el resultado de un capricho humano, cuyos efectos hoy buscan ser corregidos por el propio gobierno colombiano.

Más allá de posicionarme a favor o en contra de la medida, la cual, desde una perspectiva científica, tiene un sustento bastante fuerte, me interesa observar algo más inquietante: la forma en que ciertas acciones de control ambiental escalan a debates globales, mientras otras, igualmente complejas, se pierden en el silencio. Hay algo profundamente revelador en la manera en que decidimos ante qué indignarnos.

Mientras el sacrificio de hipopótamos detona conversaciones cargadas de emociones, con narrativas muy variadas y alcance global, en México convivimos con múltiples estrategias de control poblacional que rara vez alcanzan ese nivel de escrutinio moral. El pez león, por ejemplo, es sistemáticamente capturado y promovido como alimento en el Caribe mexicano para frenar su impacto devastador sobre los arrecifes. Su eliminación no genera polémica, sino un modelo de aprovechamiento. Una forma que, en el fondo, responde a la misma lógica antropocentrista que pretendo cuestionar, pues seguimos decidiendo qué vidas gestionar o eliminar en función de su relación con los equilibrios que consideramos valiosos.

En paralelo, los perros ferales, resultado directo del abandono humano, son controlados, incluso mediante medidas letales, debido a su impacto como depredadores de fauna silvestre y como riesgo sanitario. Este caso sí genera indignación cuando se visibiliza, sin embargo, esa reacción es intermitente, localizada y depende profundamente de cómo se narra el hecho. La diferencia con los hipopótamos no radica en la acción en sí, sino en la escala, la narrativa y la capacidad de movilizar afectos. No es que unos casos sean moralmente simples y otros complejos, sino que algunos logran insertarse en historias lo suficientemente potentes para amplificar el juicio ético. En ese sentido, el debate no siempre refleja una ética más elevada, sino una moral que se activa de forma selectiva, moldeada por la visibilidad, la empatía y la comodidad emocional desde la cual elegimos mirar.

Esta relación no es nueva. En la literatura, por ejemplo, el clásico Rebelión en la granja de George Orwell nos recuerda que las jerarquías sobre la vida no son naturales, sino construidas. En ese relato, los animales no sólo son explotados; también son clasificados, organizados y subordinados bajo una lógica que decide quién vale más y quién menos. La metáfora es bastante obvia, el poder administra completamente la construcción de la realidad.

Algo similar ocurre en el cine con White God, un filme hungaro que recomiendo muchísimo, donde un perro mestizo es abandonado por su compañera debido a que su padre no quería cumplir con un impuesto del estado por conservar un perro mestizo. Lo que sigue no es sólo la historia de supervivencia de Hagen – el perro -, sino una acumulación de violencia que termina en una rebelión. La película muestra una crítica al abandono y la explotación del ser humano y la forma en que decidimos qué vidas importan, hasta que esas vidas regresan para recordarnos que nunca dejamos de ser responsables. Y ahí es donde el debate sobre los hipopótamos deja de ser únicamente ambiental para volverse profundamente simbólico.

Porque, en el fondo, la pregunta no es sólo si deben o no ser sacrificados. La pregunta debería ser ¿por qué llegamos a este punto? No tengo una respuesta definitiva sobre si esa decisión es correcta o no. Traten ustedes de convertir esta lectura en una reflexión moral y ética. Sería, hasta cierto punto, irresponsable simplificar un problema ecológico complejo en una postura moral inmediata. Pero sí tengo la certeza de que si algo debería incomodarnos más que el desenlace, es el origen.

El hecho es que, una vez más es el capricho humano, el que permite la introducción de estas especies invasoras además de la alteración de ecosistemas y la ruptura del equilibrio ecológico, propiciando tener que tomar decisiones donde la vida de las especies se vuelve gestionable, negociable, sacrificable. Tal vez el verdadero debate no debería centrarse únicamente en qué hacer con los hipopótamos, sino en cómo evitamos volver a construir escenarios donde la única solución posible sea eliminar aquello que nosotros mismos desordenamos. Actualmente ya existen medidas inmersas en programas y planes para la contención de especies invasoras en todo el mundo, que permiten atender este fenómeno, sin embargo, aún algunas suelen ser reaccionarias y poco preventivas.

Si algo puede sacarnos de esta lógica no es la indignación momentánea, sino la educación ambiental y la reconstrucción de una relación distinta con la naturaleza. Una relación basada no en la dominación, sino en el entendimiento y en el profundo agradecimiento por coincidir con la naturaleza en un espacio y un tiempo. Así dejaremos de discutir a quién debemos sacrificar y empezaremos a cuestionar por qué seguimos creando las condiciones para que eso sea necesario.