Por: Ariel Abad
@ArielRed
Hay algo profundamente revelador en la forma en que hoy hablamos del medioambiente en México. Casi siempre lo hacemos desde la herida, desde la pérdida, como si la naturaleza sólo pudiera entrar a la conversación pública cuando ya ha sido violentada. Como si el lenguaje ambiental necesitara del desastre para existir o, peor aún, como si sólo supiéramos nombrarla ante su ausencia.
En los últimos meses, las imágenes se acumulan como un verdadero archivo de terror. El derrame de hidrocarburos no sólo cambió la imagen azul del mar, también asfixió manglares, cubrió de negro a aves marinas e interrumpió ciclos vitales de peces, moluscos y crustáceos. El video viral de personas extrayendo huevos de tortuga muestra cómo se arranca la vida antes de que siquiera comience. Ninguna de estas escenas es excepcional; todas forman parte de una misma narrativa. La tragedia se ha vuelto rutina y, con ella, el discurso ambiental ha perdido matices. Ya no hay asombro, no hay vínculo ni sorpresa.
Pero este fenómeno no es menor ni casual. Es un síntoma profundo de cómo estamos construyendo socialmente la naturaleza, o incluso de cómo hemos aprendido a olvidarla.
Como lo planteaba Klaus Eder, en una clave incómoda pero necesaria, la sociología clásica en Marx y Durkheim reduce la relación sociedad-naturaleza a una lógica de apropiación. La naturaleza aparece como objeto que se toma, se usa, se somete. Bajo esa mirada, el ambiente sólo existe cuando sirve o cuando se rompe. En ese marco, no sorprende que nuestro discurso ambiental sea predominantemente negativo. Estamos narrando las consecuencias de una relación basada en la dominación, en la distancia, en la idea de que lo natural es siempre lo otro.
Pero Eder va más allá. Nos recuerda que la naturaleza no sólo es apropiada, también es construida simbólicamente. No sólo la usamos, también la significamos. No sólo la habitamos, también la imaginamos. La relación con ella no es únicamente material; es cognoscitiva, moral y estética. Aquí el problema se vuelve más complejo, pero también más urgente. Si nuestra construcción simbólica de la naturaleza está mediada casi exclusivamente por imágenes de destrucción, entonces configuramos una relación social marcada por el miedo, la impotencia y la lejanía. La naturaleza deja de ser casa para convertirse en advertencia.
En este sentido, el video de los huevos de tortuga no sólo muestra un acto ilegal o éticamente reprobable. Es una escena de ruptura. La tortuga deja de ser símbolo de vida, de ciclo, de persistencia milenaria, para convertirse en mercancía inmediata, en consumo sin memoria. Y nosotros, desde la pantalla, indignados pero inmóviles, participamos de ese mismo distanciamiento. Vemos, juzgamos, pero rara vez nos reconocemos en esa ruptura.
Lo mismo ocurre con los derrames petroleros. La cobertura mediática enfatiza la magnitud del daño, y con razón, pero pocas veces reconstruye la historia de ese ecosistema más allá del accidente. No sabemos qué respiraba ese mar antes de ser cubierto de petróleo, qué historias guardaban esas aguas, qué silencios y paz sostenían.
El desastre no sólo contamina el territorio, también borra la memoria.
Así, poco a poco, el lenguaje ambiental se convierte en un catálogo de pérdidas. Un inventario de ausencias. Una narrativa en la que todo llega tarde.
Desde esta perspectiva sociológica, el llamado no es menor. Hay que romper con esa lógica. Entender que la naturaleza no es sólo algo que se domina o se destruye, sino algo que se construye socialmente a través del significado. Si sólo la narramos desde la tragedia, condenamos nuestra relación con ella a ser reactiva, fragmentada e incompleta. Una relación que despierta cuando ya no hay nada que salvar.
Tal vez el verdadero desafío no sea únicamente denunciar los desastres, lo cual es indispensable, sino reconstruir el lenguaje. Volver a nombrar la naturaleza antes del colapso. Recuperar su complejidad, la vida que sostiene, las relaciones que teje, las historias que guarda incluso cuando no las vemos.
Porque mientras sigamos hablando del ambiente únicamente en negativo, seguiremos habitando una relación rota con él. Quizá ahí, en esa ruptura simbólica que se filtra en cada imagen viral, en cada titular, en cada silencio, esté el origen de muchas de nuestras crisis. Y también, aunque todavía no sepamos nombrarlo del todo, la posibilidad de empezar a contarnos distinto. Confío en que podemos transitar hacia una nueva visión, una que recupere la esperanza y el amor que implica respetar lo que nos sostiene.