La cordura de Trump ha abandonado la sala

El presidente de Estados Unidos no deja de hacer de las suyas, pero esta semana ha quedado más claro que nunca que la cordura, la mesura y hasta la mínima prudencia parecen haber abandonado por completo la sala.

Donald Trump, fiel a su papel de niño bully y berrinchudo, decidió esta vez irse contra una figura que para millones de personas representa fe, autoridad moral y un llamado a la paz: el papa León XIV.

Todo comenzó después de que el pontífice condenara públicamente la amenaza de Trump de “extinguir toda la civilización” en Irán y pidiera una salida diplomática al conflicto. La respuesta del presidente no tardó: una larga rabieta en Truth Social en la que calificó al papa de “débil”, cuestionó su capacidad para liderar la Iglesia y hasta insinuó que fue elegido por ser estadounidense, como si su llegada al Vaticano tuviera algo que ver con la conveniencia política de Washington.

La soberbia llegó a un punto casi caricaturesco.

Trump insinuó que, de no ser por él, León XIV probablemente ni siquiera estaría en el Vaticano. Una frase que, más que poder, retrata una peligrosa megalomanía.

Pero lo verdaderamente alarmante vino después.

Ese mismo día, Trump publicó en su red social una imagen generada por inteligencia artificial en la que aparece como una figura casi divina, vestido con ropajes blancos, sanando a un enfermo mientras la escena a su alrededor lo observa con esperanza, en una composición claramente inspirada en la iconografía de Cristo.

No fue una simple ocurrencia visual. Fue la imagen de un líder político colocándose, simbólicamente, en el lugar del salvador.

Y eso ya no habla solo de propaganda. Habla de un delirio mesiánico.

Porque una cosa es el culto a la personalidad que sus simpatizantes han construido durante años; otra muy distinta es que el propio Trump parezca asumirlo con total naturalidad.

La respuesta del papa fue breve, serena y devastadora:

“No le tengo miedo.”

Una frase que, sin necesidad de elevar el tono, dejó al descubierto el contraste entre ambas figuras: de un lado, el líder religioso llamando a la paz; del otro, el jefe de Estado respondiendo con insultos, egolatría y una imagen de sí mismo como figura redentora.

Y ahí es donde el asunto deja de ser solo político.

Porque más allá de si uno simpatiza o no con Trump, lo que estamos viendo es el desgaste acelerado de una figura pública que parece pelear cada vez más contra sus propios impulsos.

Sus constantes rabietas lo están dejando solo.

Ya no son únicamente sus opositores quienes lo cuestionan. Incluso aliados cercanos comenzaron a marcar distancia. Uno de los casos más significativos fue el de Giorgia Meloni, una de las pocas líderes europeas que había respaldado a Trump incluso en momentos delicados, como la guerra contra Irán.

Pero esta vez no.

Meloni fue tajante: atacar al papa era “inaceptable”.

Y eso no es poca cosa. Cuando incluso tus aliados ideológicos comienzan a desmarcarse, el problema ya no está afuera: está en casa.

Porque la realidad es esta: el peor enemigo de Donald Trump hoy es Donald Trump.

No necesita a los demócratas. No necesita a la prensa. Sus propios excesos están haciendo el trabajo.

Cada berrinche, cada amenaza, cada desplante de superioridad, cada alucinación donde se asume como salvador de la humanidad, va erosionando su figura política a una velocidad impresionante.

Y lo más peligroso no es la caída electoral.

Es la desconexión con la realidad.

Porque cuando un líder político comienza a verse a sí mismo como un elegido, como un enviado, como alguien por encima de la crítica y hasta de la moral común, el problema deja de ser ideológico y empieza a tocar terrenos mucho más delicados.

La historia está llena de figuras así. Hombres que confundieron poder con divinidad. Autoridad con infalibilidad. Popularidad con verdad absoluta.

Y casi nunca terminan bien.

MAGA atraviesa uno de sus momentos más frágiles. Paradójicamente, pareciera que Trump recibe hoy más aplausos de fanáticos extranjeros y satélites ideológicos que respaldo sólido dentro de su propio país.

Cada día está más solo.

Y quizá alguien debería decírselo con claridad: no es un ser divino, no es un mesías, no es el salvador del mundo. Es solo un presidente atrapado en sus propios delirios. Y si no lo entiende pronto, no será la oposición quien lo derrumbe.