Por: Alfonso Segovia
En medio del conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, ocurrió algo que en Washington y Tel Aviv no parecían haber calculado del todo: Irán no era Venezuela.
No se desplomó en unos días. No permitió una operación limpia. No aceptó el papel de víctima pasiva.
Se defendió. Y no solo eso: respondió con una fuerza que hizo temblar a Israel, exhibió que el llamado Domo de Hierro dista mucho de ser invulnerable y llevó la guerra a un punto todavía más delicado: el estrecho de Ormuz.
Y ahí está la verdadera alarma.
Porque el estrecho de Ormuz no es un detalle geográfico ni una nota al pie del conflicto. Es uno de los puntos más importantes del planeta para el comercio energético. Por ahí pasa alrededor de una quinta parte del petróleo mundial y una porción clave del gas natural licuado que consumen sobre todo Asia y Europa. Cuando Irán lo bloquea, lo mina o simplemente vuelve incierta su navegación, no solo le pega a sus enemigos: dispara el precio de la gasolina en todo el mundo. diversos medios reportan que el cierre iraní ya elevó con fuerza los precios del crudo y del gas, y ejecutivos del sector advierten sobre inflación, disrupciones de suministro y daños duraderos para la economía global.
Es decir: Trump y Netanyahu no solo incendiaron Medio Oriente. Pusieron a temblar los bolsillos del planeta.
Y cuando vieron que el fuego era más grande de lo que habían imaginado, Donald Trump hizo lo que hace el bully cuando descubre que esta vez sí le regresaron el golpe: volteó a ver al salón y pidió ayuda.
Convocó a sus aliados. Pero esta vez, la escena fue deliciosa en términos políticos: lo dejaron hablando solo.
Alemania fue clarísima: esta guerra “no tiene nada que ver con la OTAN” y no existe mandato para desplegar a la alianza en este escenario. La propia jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, resumió el malestar con una frase que retrata perfectamente a Trump y Netanyahu: “Esta no es la guerra de Europa. No iniciamos la guerra. No se nos consultó”.
Más claro, imposible: la bronca la empezaron ustedes, no nos vengan a repartir la factura.
Reino Unido, uno de los socios históricos más fieles de Washington, también marcó distancia. Keir Starmer insistió en que su prioridad es proteger los intereses británicos, evitar una guerra más amplia y actuar con base en derecho internacional y planificación real, no en impulsos ni berrinches geopolíticos. Incluso cuando Londres ha tomado algunas medidas defensivas vinculadas a bases o seguridad marítima, su mensaje político ha sido no dejarse arrastrar ciegamente a la aventura de Trump.
Y eso es lo que más irrita a Trump: no tanto que le digan que no, sino que se atrevan a recordarle que no todo el mundo está dispuesto a incendiarse por sus caprichos.
Porque ese es el fondo del asunto. Durante años, Trump trató a sus aliados como empleados mal pagados: amenazas, chantajes, humillaciones públicas y ese tono de patrón grosero que cree que la lealtad se compra a base de miedo. El problema es que la política exterior no siempre funciona como su programa de televisión.
A veces el elenco se harta.
A veces el matón descubre que los demás ya no están dispuestos a cargarle la mochila.
Y entonces pasa lo que estamos viendo: el hombre que presumía mandar sobre todos termina rogando cooperación para abrir un estrecho que su propia guerra ayudó a cerrar. Porque sí, esa es la ironía central de este desastre: Trump quería posar como el sheriff del mundo, y acabó convertido en el presidente que desató una crisis energética global y luego salió a pedir ayuda para apagarla.
En ese paisaje aparece Javier Milei, siempre dispuesto a hacer el papel que nadie le pidió. Mientras las potencias miden costos, calculan riesgos y evitan comprometerse con una guerra regional sin salida clara, Milei se comporta como ese fan que, aunque no lo invitaron al escenario, ya se puso la camiseta del club, aprendió la coreografía y grita desde la primera fila que él también está en la batalla.
El problema es que esto no es Twitter, ni un foro ideológico, ni una convención de admiradores de Donald Trump.
Esto es una guerra.
Y uno de los espectáculos más tristes del momento es ver a un presidente sudamericano comportarse más como groupie geopolítica que como jefe de Estado. Porque una cosa es simpatizar con Washington, y otra muy distinta es andar mendigando protagonismo en una guerra que no le corresponde, que no controla y que puede terminar salpicando a su propio país.
Irán, por supuesto, toma nota.
Y en política internacional, los discursos serviles no salen gratis. Cada sobreactuación de Milei en favor de Trump lo acerca menos a la categoría de aliado serio y más a la de fanático útil: el primero en aplaudir, aunque no sepa bien qué está aplaudiendo; el primero en ofrecerse, aunque nadie lo haya llamado; el primero en querer colgarse una medalla en una guerra ajena.
Mientras tanto, el estrecho de Ormuz sigue siendo el recordatorio más brutal de que esta guerra no se mide solo en misiles o en comunicados. Se mide en combustibles más caros, en cadenas de suministro alteradas, en inflación, en mercados nerviosos y en países enteros pagando el precio de una ofensiva que jamás decidieron. El impacto energético es tan serio que analistas y ejecutivos ya lo comparan con algunas de las peores sacudidas petroleras de las últimas décadas.
Así que no, esto no está saliendo como Trump y Netanyahu lo imaginaron.
No hubo victoria rápida. No hubo obediencia automática. No hubo desfile de aliados corriendo a salvarles la aventura.
Lo que hubo fue algo mucho más humillante para Trump: descubrir que cuando por fin necesitó a sus socios, varios de ellos prefirieron mirarlo con distancia y decirle, con toda cortesía diplomática, algo bastante simple:
“Tu guerra, tu problema.”
Y quizás esa sea la imagen más exacta de este momento: el bully del salón, solo, furioso y desconcertado, porque por primera vez nadie quiso meterse a pelear por él.