La verdadera historia de las brujas de Salem: cuando el miedo se convirtió en sentencia

El 8 de febrero de 1692, en Salem, una pequeña comunidad puritana de Massachusetts, el médico William Griggs afirmó que dos niñas sufrían la “influencia directa del demonio”. No encontró causas físicas para sus convulsiones y comportamientos erráticos, y su veredicto encendió una reacción en cadena que desembocó en uno de los episodios más oscuros del colonialismo norteamericano: los juicios de Salem.

Las primeras acusaciones surgieron tras descubrir a varias niñas —entre ellas Elizabeth Parris y su prima Abigail Williams— bailando desnudas en el bosque junto a la esclava Tituba, que removía un caldero. Para el extremismo puritano, la escena era una prueba irrefutable de brujería. Poco después, las niñas comenzaron a sufrir convulsiones y a acusar a vecinos del pueblo de atacarlas en sueños.

JUICIOS SIN LEY NI PRUEBAS

Las primeras detenidas fueron Tituba, Sarah Good y Sarah Osborne. El proceso fue simple y brutal: confesar significaba salvar la vida; negarse implicaba tortura y horca. Tituba confesó y acusó a otros; las demás se declararon inocentes y fueron ejecutadas. Sus palabras abrieron la puerta a una avalancha de denuncias basadas en rumores, sueños y “pruebas” absurdas, como alimentar a un perro con un “pastel de brujas”.

La histeria colectiva permitió saldar viejas rivalidades religiosas y económicas. Vecinos poco queridos, rivales del pastor Samuel Parris e incluso personas declaradas inocentes fueron condenadas. Los bienes de los acusados eran confiscados, lo que convirtió a la justicia en un negocio. En total, 19 personas murieron y más de 150 fueron encarceladas.

HISTERIA Y ALUCINACIONES

Con el tiempo surgieron explicaciones alternativas: desde episodios de histeria colectiva hasta intoxicación por cornezuelo del centeno, un hongo del pan que puede provocar alucinaciones. Ninguna justifica la violencia, pero ayudan a entender cómo el miedo se propagó.

Años después, Massachusetts anuló las pruebas, pidió perdón e indemnizó a las familias. Salem quedó como símbolo de cómo la superstición, el fanatismo y los intereses pueden fabricar demonios. Porque las brujas no existían, pero el odio sí.