Aldo Farah Navarro, primo de Paulette Gebara Farah, rompió el silencio sobre el caso que conmocionó a México en 2010. En un testimonio público, afirmó que “la injusticia le tocó a ella, no a sus padres”, cuestionando la versión oficial que atribuyó la muerte de la niña a un accidente por asfixia mecánica en su propia cama.
A 15 AÑOS EL ROMPE EL SILENCIO
Quince años después de la muerte de Paulette Gebara Farah, el caso vuelve a la conversación pública no por una nueva investigación oficial, sino por un gesto íntimo y simbólico: el testimonio de Aldo Farah Navarro, primo de la menor, quien decidió romper el silencio familiar y denunciar lo que considera una injusticia encubierta.
“La injusticia le tocó a ella, no a sus padres”, declaró Farah Navarro, marcando un giro emocional en la narrativa del caso.
ENTRE EL COLCHÓN Y LA CABECERA
Paulette, una niña con discapacidad motriz, fue reportada como desaparecida en marzo de 2010. Nueve días después, fue encontrada sin vida en su propia cama, envuelta en una cobija, entre el colchón y la cabecera de los pies. La versión oficial habló de asfixia mecánica por sofocación, sin que se presentaran cargos penales contra nadie.
El entonces procurador Alberto Bazbaz Sacal sostuvo que la niña fue “ocultada y privada de su vida”, pero el caso se cerró sin responsables. Los padres fueron arraigados temporalmente en un hotel de lujo mientras rendían declaración.

EL SILENCIO COMO MANDATO FAMILIAR
Durante años, Aldo Farah primo de la madre de Paulette recibió presiones para no hablar del parentesco ni del caso. Hoy, con 36 años, afirma que ya no le debe nada a nadie y que su deber es con la verdad.
“No creo que lo de mi prima haya sido un accidente, ni creo que se investigó como debía ser”, dijo. “Contaminaron la escena y sus padres recibieron trato preferencial por parte del gobierno.”
LA FAMILIA COMO DISPOSITIVO DE CONTENCIÓN
Farah reconoce que su testimonio puede “manchar el apellido” y generar enojo dentro de su familia, pero insiste en que la injusticia no fue hacia los padres, sino hacia Paulette, quien fue víctima de una omisión institucional y de una narrativa que la dejó sin voz.
Este gesto convierte el testimonio en un acto de restitución simbólica, donde la memoria de Paulette se activa no como expediente judicial, sino como dispositivo emocional y ético.