El Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos (DHS) informó que planea expulsar al salvadoreño Kilmar Ábrego García a Liberia, África, a partir del 31 de octubre. La decisión se da luego de que Ghana rechazara recibirlo y de que Costa Rica —país con el que Ábrego sí tiene vínculos— fuera descartado como destino viable, pese a haberlo aceptado previamente.
Ábrego huyó de El Salvador hace más de una década tras recibir amenazas de pandillas. En marzo fue deportado erróneamente, a pesar de contar con protección judicial en EE.UU. Tras su retorno, fue arrestado nuevamente y permanece bajo custodia en Pensilvania.
LA EXPULSIÓN COMO RITUAL DE DESARRAIGO
Expulsar a Ábrego a Liberia —un país con el que no tiene vínculos familiares, culturales ni lingüísticos— convierte el acto migratorio en un ritual de desarraigo. No se trata solo de mover un cuerpo: se trata de romper una narrativa de pertenencia, de cortar el hilo afectivo que lo une a su comunidad en Maryland.
Ábrego fue deportado en marzo por un “error administrativo”, a pesar de que un juez había autorizado su permanencia en EE.UU. Este error no es anecdótico: es un gesto de violencia burocrática que revela cómo el aparato migratorio puede fallar, incluso cuando hay protección legal.
LIBERIA COMO ESCENARIO
El DHS afirma que Liberia es “una democracia próspera” y que ha ofrecido “garantías diplomáticas” para recibir personas expulsadas. Pero en este contexto, Liberia funciona como símbolo de desplazamiento extremo: un país lejano, sin conexión afectiva, usado como destino técnico para resolver un conflicto legal.
EL MIGRANTE COMO OBJETO DE NEGOCIACIÓN
Ábrego se convierte en objeto de negociación entre Estados. Su destino se decide entre rechazos diplomáticos, acuerdos bilaterales y trámites administrativos. Su historia personal —las amenazas, el error, la familia— queda subordinada a la lógica del expediente.
LA DEFENSA LEGAL
Su abogado, Simon Sandoval-Moshenberg, insiste en que Costa Rica “sigue siendo una opción viable y legal”. Esta declaración activa un contra-ritual: una narrativa de restitución, donde el cuerpo migrante no es desechable, sino defendible.