La tensión se intensificó luego de que Estados Unidos enviara 10 cazas F-35 a Puerto Rico, en respuesta a un sobrevuelo de aviones venezolanos sobre un buque estadounidense en la región. Trump advirtió que derribará cualquier aeronave venezolana que represente una amenaza. En ese marco, Maduro declaró que “ninguna de las diferencias que tenemos y hemos tenido puede llevar a un conflicto militar”, pero advirtió que si Venezuela fuera agredida, “pasaría a una etapa de lucha armada”.
ACUSACIONES CRUZADAS: NARCOTRAFICO Y SOBERANÍA
Washington acusa a Maduro de liderar una red de narcotráfico y ha elevado la recompensa por su captura a 50 millones de dólares. Maduro rechazó estas acusaciones, afirmando que “Venezuela hoy por hoy es un país libre de producción de hojas de coca, de cocaína y combate el narcotráfico”. Denunció que se está intentando “montar un expediente falso tipo Hollywood” para justificar un cambio de régimen violento.
MOVILIZACIÓN MILITAR Y NARRATIVA DE DEFENSA
En respuesta, Maduro ha movilizado al ejército venezolano, que cuenta con unos 340,000 efectivos, y activó el registro en la Milicia Bolivariana, un cuerpo civil con fuerte carga ideológica. Según él, hay 4.5 millones de milicianos registrados, aunque reportes especializados estiman solo 220,000, y apenas 30,000 con entrenamiento real para combate. Caravanas de civiles desarmados en motocicletas recorrieron Caracas como parte de la movilización simbólica del “pueblo en armas”, replicada en otras ciudades.

CONFRONTACIÓN COMO DISPOSITIVO DE LEGITIMIDAD
Este episodio puede ser leído como una escena de confrontación simbólica, donde ambos gobiernos activan narrativas de fuerza, soberanía y legitimidad. Trump endurece su postura militar en el Caribe, mientras Maduro responde con una coreografía de defensa nacional que mezcla ejército, milicia y afecto popular. La amenaza de lucha armada no solo busca disuadir una intervención, sino también consolidar una narrativa interna de resistencia.